31 de agosto de 2011

La implantación



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-Necesitamos movernos-espetó el anciano científico, poniéndose de pié apresuradamente. Ya tendría tiempo para congratularse a sí mismo después. Asustada ante su repentino cambio de ánimo, su joven asistente permaneció estática durante un pequeño periodo de tiempo, pensando que era un lapso propio de la edad lo que acababa de presenciar y no una orden directa-¿No me escuchaste, muchacha? Hay que apresurarnos, los niños ni siquiera están listos todavía y faltan apenas tres horas para las cuatro de la mañana-


Dalium
-Sí, doctor-contestó Dalium con timidez, asintiendo respetuosamente una única vez antes de marcharse a buscar al resto del equipo del doctor Vo y advertirles que "el jefe" iba en camino, con la disposición de ponerlos a todos a correr con tal de estar en la puerta principal de Astrella Laboratories a la hora convenida con el señor Roberts.

Una vez que la chica rubia, la cual llevaba dos años trabajando con Vo, hubo salido del cambio de visión de este, el hombre de cabellos cortos y semi-escasos se volvió hacia las cuatro creaturas que se habían colocado detrás de éll, las cuales esperaban ordenes directamente de su parte, pues se encontraban tan confundidos que ya no sabían ni qué pensar.

-¿Están listos, muchachos?-les preguntó con voz grave y cascada, como nunca lo habían escuchado. Alarmados, los cuatro retrocedieron a la vez, sin saber qué responder.

-¿Listos para qué, padre?-se adelantó Redgie, siempre el más sensato del grupo.

-Para salir, hijo mío-contestó Vo con aparente tranquilidad-Voy a mandarlos al mundo exterior-

-¿El mundo exterior?-inquirió Alice inmediatamente entusiasmada, pensando en la serie de imágenes que durante el poco tiempo que llevaba despierta había visto acerca del mundo exterior en las computadoras del laboratorio y en sus clases de humanidad. Los cielos azules, los pastizales verdes, los profundos valles y los ríos cristalinos: formaban para ella la más exquisita fantasía e, impaciente, no podía aguardar por el momento en el que los conocería frente a frente.

-Pero, padre...-se interpuso Briant, asustado, sabiendo las consecuencias que traía consigo semejante afirmación-Creí que habías mencionado que no saldríamos al mundo exterior hasta que estuviésemos listos...-

-Lo están, hijo-les mintió Vo, haciendo tripas de corazón por creerse él mismo su propia respuesta-Nunca quise decírselos... pero ya es tiempo de que nos separemos-

-¿Nos seguiremos viendo, padre?-cuestionó Selick esta vez, angustiada, mientras observaba al científico con sus enormes ojos verde bosque enfocados en el hombre de hombros caídos y sonrisa entristecida. Detrás de ella, el resto de los humanoides también esperaban una respuesta a esa misma pregunta, los cuatro observando esperanzadamente al inventor.

-Por supuesto que sí, hijos míos-contestó él, sonriéndoles afectuosamente, verdaderamente enternecido a causa del cariño que sus creaciones parecían tenerle-Recuerden que todavía tienen que seguirse preparando para las competencias que les aguardan allá afuera. Consideren todo lo sucedido como... un preludio-

-¿Preludio de qué, padre?-preguntó Alice inocentemente, ignorante al igual de sus compañeros al respecto de los objetivos que se esperaban tanto de ella como de sus semejantes.

-De la vida, querida-repuso Vo, con toda la parsimonia posible. Vivía para momentos como esos-Ahora, no tenemos más tiempo que perder, ustedes vengan conmigo... tenemos que preparalos-

A paso rápido por las instalaciones que los separaban del laboratorio de uno de los más eminentes científicos de Astrella, las cuatro creaturas de belleza inhumana e inteligencia sobrenatural seguían a su creador como cachorros a su madre, a lo largo del laberinto de estancias y salas de acceso con las que contaba la torre subterránea de laboratorios, conocido entre los que trabajaban ahí como "la fábrica". Dentro de la fábrica, se llevaban a cabo todos los estudios, sondeos y modificaciones necesarias para los proyectos pertenecientes al departamento de soluciones biológicas e intefaz humana, el departamento más importante de todo Astrella Laboratories, así como también la sede del experimento del doctor Richard Vo.

-Arréglenlos-ordenó Vo al grupo de jóvenes intelectuales que había dentro de la sala, a los cuales Dalium había congregado previamente y esperaban pacientemente las órdenes del científico. Pasmados, los estudiantes observaron largamente a las creaciones de su maestro, a las que muy pocos habían tenido la oportunidad de ver antes.

Rozagantemente perfectos entre el juego de luces que cegaba con su fulgor dentro de la habitación, los humanoides permanecieron totalmente quietos durante largo tiempo, esperando que alguien les dijera qué hacer, mientras el gran número de veinteañeros apiñados ahí los observaban sin saber qué hacer primero.

-Bueno-exclamó una de las jóvenes, una estudiante de nombre Alba-No podemos quedarnos aquí parados toda la noche: comencemos-

A la orden de Alba, todos los demás que se encontraban en la habitación, a excepción de los humanoides, comenzaron a movilizarse. Unos cuantos comenzaron a abrir las llaves de las regaderas en las que bañarían a los sujetos, mientras un grupo selecto de hombres y mujeres escogían entre percheros enormes la indumentaria propia para sacar a los cuatro humanoides de Vo a un suburbio de Los Angeles, donde se suponía que habitarían según lo estipulado. Al mismo tiempo, unos últimos se encargaban de buscar productos para la piel y el cabello, Astrella por supuesto, que no resultaran dañinos para lo que les parecía la delicada piel humanoide.

-¿Señorita?-llamó una muchacha a Alice, atrayendo la atención de esta gracias a su voz dulce y reconfortante-¿Puede venir conmigo, por favor?-

Uno a uno, los humanoides se fueron desvistiendo de acuerdo a las órdenes de los jóvenes científicos quienes, a pesar de saberse profesionales, no pudieron evitar echarles una mirada o dos a los esculturales y perfectos cuerpos de los humanoides. Enfadada ante este hecho, Selick le soltó una mirada despectiva a una de las estudiosas, una jovencita de cabello pelirrojo, quien no podía quitarle la vista de encima a Redgie.

Sorprendidos ante su primer contacto con el agua, pues siempre se les higienizaba con una solución atomizada de gel antibacterial, cada una de las creaciones de Richard Vo reaccionó de diferente manera al sentir el tacto acuoso de la solución más abundante en el planeta desde hacía millones de años. Mayor aún fue su sorpresa cuando al salir de la ducha se sintieron un tanto incómodos, faltos de algo y era porque se encontraban desnudos. Pudorosamente, los que los asistían les brindaron toallas con las cuales secarse el cuerpo entero y, en el caso de Selick y Alice, les brindaron unas toallas especiales para enredarse el cabello con ellas.

De ahí, los llevaron a que se pusieran crema, perfume, desodorante y demás elementos de aseo diario cuyo uso les iba a resultar indispensable en el mundo exterior. Un par de ayudantes del doctor Vo les enseñaron a Briant y a Redgie cómo afeitarse mientras una chica, la cual siempre iba bien acicalada al laboratorio, instruía a Selick acerca de cómo peinarse. Mientras, Alice los miraba en silencio a todos, sentada en una banca de gusto minimalista, completamente blanca, que había surgido del piso oportunamente para que ella se sentara. Enfundada en una bata blanca de toalla mullida, la mujer sonreía débilmente, angustiada acerca de lo que les esperaba allá afuera a los cuatro.

-¿Qué, Alice?-le preguntó Briant a la chica, a la cual no podía dejar de observar a pesar de que prestaba perfecta atención en su primera clase de afeitado.

-¿Eh? Nada-contestó ella a la carrera, un tanto distraída. Al ver que no le había prestado atención, él le sonrió condescendientemente-Es decir, tú sabes... no me siento lista-

-¿Y quién sí?-inquirió el  hombre de cabello negro corto y ojos rasgados-¿Tienes miedo?-

-Un poquito-confesó la mujer de cabello color carbono y labios pequeños.

-No te asustes-intervino una tercera voz, sumándose a la conversación de los dos humanoides, los cuales voltearon a ver a su inesperada interlocutora con rapidez: era Dalium-Nada puede salir mal, así que no teman. Lo tenemos todo controlado-

Reconfortados por las palabras de la segunda al mando en el laboratorio de Richard Vo, ambas creaturas no pudieron evitar sentirse un poco más tranquilas una vez que la mujer de cabello rubio cobrizo hubo hablado, la cual, después se acercó a Alice lentamente, una blusa en su mano.

-Este conjunto te va a quedar bien-especuló el voz alta la científica, quien, queriendo o no, tenía un impecable gusto para vestir-Ustedes no deben preocuparse por una sola cosa. Astrella ha sido bastante inteligente y en este momento está afinando todos los detalles para que ustedes puedan vivir tranquilos-

-¿Dónde vamos a residir ahora?-inquirió Alice, sintiéndose un tanto inquieta por ese punto. Había visto tantas imágenes de hogares magníficos en la computadora, que le inquietaba conocer el sitio en el cual Astrella los colocaría.

-El departamento de...-

-Ponles algo más largo, Dalium-se interpuso una voz masculina, interrumpiendo la respuesta de la joven científica-Recuerda que es de madrugada, se van a morir de frío-

-¿Tú crees que ellos puedan sentir frío?-río la mujer, con una risa que Alice nunca había escuchado, echando hacia atrás su cabeza, gorjeante de felicidad.

-Bueno, tienen que verse normales-replicó el hombre, pasando de largo-Se tienen que ver humanos, recuérdalo-

-Está bien... ¡Gracias por el dato, Jerry!-exclamó Dalium contenta, exhibiendo sus brillantes dientes blancos en una enorme sonrisa que hizo que su expresión sempiternamente impersonal se transformara en una viva demostración de interés.

-¡Cuando quieras!-contestó de último el hombre al que ella se dirigía, desapareciendo entre las decenas de trabajadores que había en la sala. De pié, completamente inmóvil en el sitio por el que él había pasado, la mujer de nariz delicada y mejillas sonrosadas lo observaba en silencio, suspirando sin dejarse escuchar.

-¿Qué fue eso?-inquirió Alice con una enorme sonrisa, observando el rubor de las mejillas de Dalium.

-¿Qué cosa?-repuso la científica, retrocediendo de vuelta hacia la pequeña mujer de brillantes ojos azules que la observaba sin cesar.

-Todo-señaló la humanoide, haciendo un gesto con su mano derecha en torno al rostro de la mujer que tenía enfrente. Con las mejillas cada vez más encendidas, la asistente de Vo se apenó de que la encontrasen en esa situación.

-No, no fue nada...-

-Se llama "enamoramiento", querida Alice-intervino Vo, saliendo por detrás de una avergonzada Dalium, la cual intentaba esconder su rostro de rasgos inteligentes entre sus mechones de cabello suelto y lacio. Sorprendida al escuchar la voz de su mentor, la chica pegó un brinco cuando sintió la amable palmada de su jefe en la espalda-Te parece familiar, ¿No es cierto? ¿Dónde lo habías descubierto con anterioridad?-

-Cuando veo a Briant...-respondió la chica con timidez, observando a la distancia al humanoide de cuerpo escultural y rostro angélico, el cual tampoco tampoco le quitaba la mirada de encima a ella.

-Bueno, algo parecido es lo que siente Dalium-sonrió el científico de forma paternal, observando a su joven ayudante-Quién lo diría... se odiaban tanto cuando entraron...-

-Las cosas cambian, maestro-se justificó Dalium a sí misma, echándose para atrás su larga cortina de cabello, un tanto más repuesta.

-Así es-repuso Vo ya serio, recobrándose súbitamente de aquél momento de debilidad personal-¿Están  listos?-

-Únicamente les falta vestirse, maestro-contestó la chica competentemente, también completamente recuperada.

-Excelente: Roberts llega en cinco minutos-enunció Vo con voz débil, su mirada fija en Alice: en ella y en sus tres compañeros residían todas sus esperanzas.


29 de agosto de 2011

Maximum Palma



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Aún atónito por todas las noticias que acababa de recibir, Richard Vo se sentó lentamente en el suelo de la sala de juntas ya vacía, en donde sólo quedaban él y sus humanoides, los cuales, al ver que todas aquellas personas a las que tenían que impresionar se habían ido, se bajaron de cada una de las esquinas de la mesa en las que se habían acomodado y avanzaron hacia el que fuese su creador, el cual se encontraba en el piso, su cabeza hundida entre sus manos.

-¡Doctor!-exclamó la voz de una mujer, apareciendo detrás de él por la misma puerta por la que habían salido los humanoides-¡Supe que...!-

-Fuimos un éxito-exclamó Vo, cargado de dicha, llorando de emoción-Lo logramos Dalium, lo logramos-

-Pero, doctor...-se interpuso la joven, arrodillándose a su lado-Me enteré de que el señor Roberts dijo que...-
-Tenemos que empezar a prepararlos-recordó súbitamente el viejo científico, levantando el rostro-Hay que alistarnos para la implantación. Ven conmigo, Dalium: tenemos demasiado que hacer-


26 de agosto de 2011

Deslumbrante


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Sin saber cómo ni de dónde, las luces que se encontraban colocadas encima de la mesa encendieron todas al mismo tiempo, soltando un fulgor azul neón cegador que hizo que el resto de la sala de juntas, que de por sí se encontraba a obscuras, pareciera más negra de lo que ya era.

Cegados, los ejecutivos de Astrella quedaron anonadados ante la súbita visión de cuatro creaturas extraordinariamente hermosas que semejaban tanto a un humano que cualquiera de ellos podría haber jurado que no eran más que hombres y mujeres comunes; sin embargo, todo cambió cuando los cuatro saltaron los unos hacia los otros a una altura impresionante, imposible de alcanzar por cualquier ser vivo, para colocarse con toda delicadeza en los lados opuestos de la mesa sobre la que se encontraban. Una vez acomodados como habían ensayado previamente con Vo, Briant y Redgie dieron unos cuantos pasos al centro y comenzaron a luchar uno contra el otro, sin modos bélicos y a manera de exhibición, asestándose golpes tan rápidos que difícilmente se veían, e ingeniándoselas para esquivarse el uno al otro y que así nadie resultara herido. 

En medio de la pelea, y por accidente, ambos partieron la mesa en la que se encontraban de un golpe, cosa que, en vez de enfadar a los accionistas de Astrella como Vo había pensado en el momento en el que ocurrió, emocionó a la audiencia y tanto hombres como mujeres comenzaron a aplaudir y a gritar como enloquecidos, maravillados ante la cantidad de aptitudes que mostraban los seres ante ellos. Súbitamente, mientras continuaban luchando, Alice y Selick se soltaron a decir una gran cantidad aleatoria de datos sobre todas las ciencias conocidas por el hombre. Hablaron del espectro electromagnético, la teoría de la relatividad de Einstein y corrientes literarias del Siglo XIX en Europa, todo en un parpadeo. Anonadados, los ejecutivos de la más grande compañía de soluciones biológicas a nivel internacional los observaban con la boca abierta, hasta que, de repente, un hombre hizo un gesto con la mano y los dos hombres y sus dos mujeres guardaron un silencio espectral, como si les hubieran aplastado el botón de "Apagado". 

-¿Qué...?-tembló el señor Roberts en su silla, agazapado en ella como un niño asustado-¿Qué fue eso, Richard?- 

-Se llaman humanoides-habló el hombre, haciendo mentalmente que todas las luces de la habitación se encendieran para que los accionistas de la compañía pudieran ver mejor a los cuatro individuos, los cuales permanecían de pié, precariamente, encima de la mesa hecha pedazos-Y son el más reciente lanzamiento de Astrella Laboratories-

-¿Lan... lanzamiento?-titubeó una mujer que, por sus rasgos faciales, podría haber sido japonesa-¿De qué está usted hablando, doctor Vo?- 

-Hablo de la siguiente etapa de la evolución, señora Chabanenko-le contestó Vo respetuosamente a la mujer de unos cuarenta años, de cabello entrecano y ojos rodeados de diminutas arrugas-Es tiempo de olvidarnos de las dificultades que las condiciones adversas de este planeta representan para la raza humana, ¡no más preocupaciones! ¡Se acabaron las enfermedades, se terminó el miedo a los desastres naturales y a los peligros biológicos! He aquí el siguiente escalón de la evolución...-

Fascinado, Dodman Roberts observaba al científico, exaltado y contento al mismo tiempo. Sabía, internamente, que el proyecto iba a ser todo un éxito, podía presentirlo dentro de sí desde el primer millón de dólares que su padre invirtió en un joven Richard Vo y uno de sus colegas más cercanos...  pero esto, esto sencillamente no tenía precedentes.

-¿Y cuándo salen?-preguntó Roberts entusiasmado, sabiendo que uno de los objetivos del proyecto era que las creaturas del doctor Vo abandonaran algún día la seguridad de las instalaciones de Astrella Laboratories para ir a vivir en medio de los seres humanos.

-¿Cuándo?-repitió Vo sorprendido, casi ofendido, por el comentario del ignorante millionario; quien evidentemente no tenía ni la más remota idea de que los preciados proyectos de Richard Vo no verían la luz solar hasta dentro de aproximadamente seis meses, si las pruebas resultaban según los estándares que él mismo había establecido apenas esa misma semana.

-¡Sí! ¡Se van mañana! ¿No es así?-insistió Roberts, al ver que Vo lo observaba con una extraña mezcla de desprecio e incredulidad en sus facciones. A los lados de la mesa rota, el resto de los accionistas también habían girado su rostro hacia el científico, esperando una respuesta de su parte. Creyendo que era la sorpresa lo que no le permitía hablar al doctor Richard Vo, el señor Roberts, de manera condescendiente, contestó por él-Sí, es un hecho: los quiero mañana a las 4 a.m. en la salida de esta jaula de hámsters. Durante la noche se preparará su implantación para que nadie sospeche del proyecto-

-Pero, señor...-se interupuso Vo a favor de sus humanoides, al ver que Roberts hablaba en serio.

-No fue una pregunta, Richard-le contestó Dodson Roberts al científico paliducho que tenía frente a él, al mismo tiempo que tronaba los dedos, señal para que sus guardaespaldas se le acercaran, señal de que ya se iba-Cuatro de la mañana-

Sin darle más tiempo al científico de reponerse de la súbita impresión de su éxito, así como del pánico que sentía tan sólo pensar en enviar a sus preciadas creaciones al mundo exterior sin estar debidamente preparados, el accionista mayoritario de Astrella salió por la puerta principal de la sala de juntas, jalando al resto de los accionistas tras de sí, dejando solo a Vo con los cuatro individuos que aún se mantenían en sus posiciones sobre la mesa.


24 de agosto de 2011

Propósito de ser


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Sentados en un cuarto completamente a obscuras, iluminados únicamente por las luces de la mesa que seguían encendidas para que nadie cayera en pánico, los ejecutivos, trajeados todos, se encontraban acomodados en sus respectivas sillas según su rango dentro de la compañía. A la cabeza de todos ellos, alumbrado su rostro tenuemente por la luz azul neón que destacaba sus rasgos de hombre inteligente, el accionista mayoritario de una de las mayores compañías a nivel internacional observaba ansioso la puerta por la que habrían de entrar ellos. 

Habían acordado la fecha de la junta apenas semanas atrás, con el hombre de bata asegurando a través del holocomunicador que serían un verdadero éxito, un avance en la evolución humana. Entusiasmado, el empresario de cuarenta y ocho años no podía dejar pasar la oportunidad: era demasiado bueno para dejarlo ir, para posponerlo siquiera. Desde la primera vez que escuchó acerca del proyecto, del alcance que podía llegar a tener y los ingresos económicos que aportaría a la compañía, decidió que toda inversión volcada en la arriesgada idea de un par de jóvenes investigadores valdría la pena siempre y cuando se fuesen presentando resultados periódicos del avance de las pruebas. 

Dodman Roberts
A lo largo de los años, asistió, primero con su padre y después él solo, a las reuniones en las cuales se hablaba en términos que difícilmente comprendía pero que podía llegar a entender dentro del contexto. Se maravillaba muy poco con los avances que el par de científicos le mostraban, en un comienzo juntos y más tarde cada quién por su parte, pero nada le sorprendió tanto como el día en el que finalmente los vio removerse como creaturas de mar, con apenas unos días de edad, flotando en medio del líquido azul que los mantenía con vida dentro de los tanques criogénicos. De alguna extraña manera, crecieron mucho más rápido de lo que él esperaba y maduraban mentalmente a una velocidad impresionante. Sabía que no había sido su creación genética, así como su modificación, la parte más dura del proceso, sino hacerlos seres verdaderamente diferentes a los demás. 

Ahora, sentado a la cabeza de la mesa directiva de su compañía como director general y accionista mayoritario, venía a recoger los frutos del último proyecto ambicioso de su padre y del primero de los suyos. Sabía el impacto que ésto tendría en el mundo si ellos realmente llegaban a cumplir su objetivo escencial, el que se había planteado al comienzo del proyecto, y pensaba entusiasmado en los contratos fabulosos que llegaría a hacer: alianzas con los gobiernos de todos los países, dominio mundial por parte del emporio de la salud cuya presidencia se había ganado tan a pulso. El sueño de una vida convertido en realidad gracias a un par de cerebritos, un equipo de trabajo incansable y años de sentir que estaba echando su fortuna en un saco roto. 

De repente, las cavilaciones de Dodman Roberts se vieron súbitamente interrumpidas por el sonido de una puerta que se abrió delante de él y, expectante como niño en carnaval, se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos en la misma, para poder ver más de cerca a las creaturas cuya respiración podía escuchar apenas a unos metros de él. A la luz de la mesa, se distinguían cuatro figuras que se movían de manera espectral, acercándose a él y al resto de los accionistas sin decir una sola palabra. Maravillado, Roberts no podía esperar para verlos en acción. 

-Damas y caballeros-se dejó escuchar la voz del doctor Vo resonando por toda la habitación, amplificada no sólo por los altavoces que había ocultos en las paredes, sino también por el silencio cargado de expectación que reinaba en la sala de juntas-Astrella Laboratories se complace en presentar al hombre... versión 2.0-

Lentamente, las luces de la habitación fueron encendiéndose estratégicamente, de manera que iluminaban por completo únicamente a los cuatro seres que ya se encontraban de pié sobre la mesa de diseño minimalista, ante la mirada atónita de todos los presentes.


22 de agosto de 2011

El experimento



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Distribuídos a lo largo de la enorme habitación de color blanco, Richard Vo observó a cada una de las creaturas que se encontraban en la recámara con una fascinación que únicamente se podía traducir como una reacción natural a todos los años que había pasado trabajando en ellos. Fascinado, se acercó a pasos cortos y medidos al grupo de las mujeres, los dos especímenes femeninos que se encontraban sentados en una banca de diseño minimalista, pasando al lado de ellos dos, quienes practicaban esgrima. Moviéndose vertiginosamente para evitar uno los movimientos del otro, le pasaron por encima a Vo, quien únicamente a alcanzó a reírse. 

-Lo sentimos, padre-se disculpó uno de ellos por ambos, para luego seguir combatiendo como si nada hubiese pasado. En silencio, el doctor siguió sonriendo sin poder detenerse hasta que llegó al sitio en el cual se encontraban ellas dos, charlando pacíficamente. 

Alice Project
Tan pronto lo vislumbraron, ambas se volvieron a verlo con enormes sonrisas y guardaron silencio hasta que él se hubo acomodado entre ambas, sentado en un banquillo independiente que surgió del suelo como mandado a traer, brotando con su color blanco y su forma de taburete convencional. En él, Richard Vo tomó asiento y posó la mirada primero en ella antes que en nadie más. Todos en el proyecto sabían que era la favorita de todas sus creaciones no sólo por ser una de las primeras, sino porque contaba con ciertas características que, aunque pareciera que se las había puesto de manera inconsciente, Richard Vo le había colocado completamente a propósito. 

De enormes ojos azules que atraían la atención de cualquiera a primera vista, el rostro de la creatura parecía mostrar de manera sempiterna una expresión producto de una indómita mezcolanza entre la alegría y la curiosidad. Sus labios, pequeños, también destacaban en el rostro de piel pálida pero más por su forma de corazón rechoncho que por su intenso color coral. De igual manera, la nariz era uno de sus rasgos más destacables, por la forma alargada, respingada y completamente estética que tenía. Llamaba la atención darse cuenta de que no tenía ni un solo lunar o peca en todo el rostro de facciones armoniosas y simétricas, así como que contaba con unas largas y gruesas pestañas que decoraban los ojos ya de por sí perfectos. 

De cuerpo excesivamente delgado pero figura bien torneada, se notaba elástica aún a la distancia y cualquiera hubiera notado su flexibilidad y su excelente condición física por la manera en la que los músculos se distribuían a lo largo de la anatomía de manera tan natural. La cintura pequeña, el torso alargado, los senos firmes y altos además de las caderas ligeramente redondas y poco anchas acompañadas del trasero de gimnasta. De piernas largas y bien torneadas, muslos blancos como la luna y hombros delicados, era una delicia de figura, parecida más a una figurilla de cristal tallado que a una mujer. 

Anna Selick Ecker
Tan pronto escuchó los pasos del doctor Vo a la distancia, esa cadencia silenciosa de su pié derecho al rozar el suelo, se emocionó de pensar en la presencia de su creador dentro del cuarto. Le encantaba pasar tiempo con él, tanto como a él con ella. Ambos se pasaban largas horas conversando de toda clase de temas y, a pesar de que sus asistentes se ocupaban normalmente de los demás proyectos, él se tomaba su tiempo para atenderla personalmente. Al lado derecho de la mujer de ojos de color mar, se encontraba otra de las creaciones de Richard Vo, con sus enormes y llamativos ojos color verde jade observando el rostro arrugado del científico que se sentía complacido con sólo mirarlas. 

De finas facciones, nariz pequeña y boca rosada, la otra mujer que acompañaba al doctor Vo también era un espectáculo digno de ver. De piel ligeramente bronceada, con una frente de alabastro que lo único que hacía era recordar al color de las conchas nácar, el cabello rubio dorado que le caía a torrentes por los hombros llamaba la atención inmediatamente de cualquiera que la observaba e inmediatamente despertaba la envidia en las mujeres que se topaban con ella, quienes encontraban sus cabellos marchitos y deprimentes al lado del epeso torrente de pelo que cargaba la mujer de labios pequeños y de forma redondeada, de barbilla pequeña y casi tímida, como oculta entre las demás facciones. 

Al igual que su compañera, la mujer tenía un cuerpo digno de admirarse, un poco más curvilíneo y proporcionado que el de la otra chica. Su cadera era de un tamaño colosal, sin llegar a verse vulgar de manera que relucía por encima de todas las demás características de ese cuerpo de vientre plano, trasero firme y piernas duras. A diferencia de la otra mujer con la que se encontraba el doctor Vo, ésta tenía los músculos más marcados en todo su cuerpo, lo que le daba un aspecto más correoso que a la chica de ojos azules. Sus manos alargadas daban la impresión de que era temible y alguna vez uno de los alumnos del doctor Vo llegó a compararla con una araña: altiva y escuálida. Sin embargo, todos los que la conocían sabían de la fuerza física de la que era dueña, así como de esa resistencia incansable que le habría podido permitir soportar el fin del mundo de pié. 

Briant Project
Sentado entre ambas, el doctor Richard Vo se sentía el mayor de todos los genios, el intelecto superior de la creación entera, hasta que volvió su rostro hacia los hombres que se encontraban a sus espaldas, los que aún jugaban a ser espadachines, muertos de la risa ambos, luchando encima de una mesa. 

Fascinado, Vo observó al que captaron primero sus pequeños ojillos asiáticos: un hombre de alrededor de 1.85 de estatura, de complexión fuerte y de quijada cuadrada. De tonalidad de ojos platinada, sus pupilas resultaban hipnotizantes para cualquiera que lo miraran fijamente durante más de cinco minutos, pues contaba con un poder de atracción increíble. En buena manera, tal vez se debía también a su perfil: recto y estético como de estatua griega. Apenas lo veían pasar, las estudiantes de primer año del doctor Vo no podían evitar seguirlo fascinadas, preguntándose internamente el nombre de aquella creatura divina. Mayor aún era su encanto cuando debían verlo concentrado en alguna tarea, como parte de las pruebas a las que se le sometía diaramente, ya fuese cavilando intensamente o murmurando con los labios como si hiciera cálculos mentales, mientras arqueaba las espesas cejas que eran únicamente el marco perfecto para ese par de ojos de forma alargada. 

De igual manera, las estudiantes del doctor Richard Vo llegaban a desmayarse de la emoción dentro de los laboratorios cuando llegaban a verlo sin nada que le cubriera el torso, mayoritariamente en pantalones de deporte, realizando pruebas físicas. La manera en la que los músculos de sus brazos y su espalda se movían y se acomodaban de acuerdo a las necesidades de él, la increíble fuerza física de la que parecía capaz, la estética armoniosa que guardaba su espalda tremendamente ancha con su cintura increíblemente pequeña eran como para dejar sin aliento a cualquiera, al igual que el pecho escultural, el bien trabajado abdómen. Las piernas fuertes que parecían capaces de sostener un edificio sobre ellas sin cualquier problema, el trasero torneado y las manos de dedos largos y poderosos. Era simplemente una maravilla. Despertaba la envidia en el mismo Vo, quien hubiera deseado ser así de joven y en ese momento el científico se preguntó internamente si no los habría moldeado a él y a su compañero de manera que pudiese descargar sus traumas de la adolescencia. Después de todo, el otro hombre, el que se encontraba recostado a medias en la mesa esquivando estocadas, era también de un físico destacable.

Redgie Ecker
Desde el par de ojos color azul grisáceo que decoraban su rostro, el hombre era llamativo desde una primera mirada apreciativa, ya ni se diga de una segunda. De labios tiernos y sonrosados como de niño pequeño, transmitía una impresión de inocencia a cualquiera que lo mirara y la nariz refinada y puntiaguda no hacía otra cosa que confrimar su apariencia ligeramente infantil, sin embargo era la forma de los ojos lo que la desmentía: alargados y misteriosos, de pestañas alargadas. La quijada en forma de V confería al rostro de aura intrigante una actitud de superioridad que él sobrellevaba bastante bien, al igual que lo hacía con los pómulos altos de su con los que contaba, sin mencionar a la nariz respingada  que no hacían otra cosa que conferirle al resto de las facciones de tintes angelicales el aire que le faltaba de santo. El cabello dorado le caía a los lados de las mejillas en una especie de halo sobrenatural y las cejas del mismo color que enmarcaban a los ojos azules, los cuales no sabían hacer algo aparte de mostrarlo insoportablemente hermoso a la vista de cualquiera. 

El cuerpo, por su parte, le quitaba todo aquello de bendito que pudiera tener y es que el sólo mirarlo hacía que las asistentes del doctor Vo, aún las que ya llevaban mucho tiempo en el proyecto, se comieran los dedos a mordiscos, excitadas de sobremanera al verlo estirar los músculos de los brazos, observando el pecho que parecía parte de una estatua de Da Vinci más que de un ser de carne y hueso, sin contar el abdomen firme que tanto les gustaba a todas. Les fascinaba la manera en la que flexionaba la espalda, haciéndola lucir más grande de lo que era en realidad y remarcando así la estrechez de la cintura. A diferencia de su compañero, el hombre de piel trigueña raramente se dejaba al descubierto el torso, así que cuando lo hacía, la mayoría de las asistentes y estudiantes de Vo caían casi desmayadas de la impresión. Lo mismo sentían cuando tenían que revisarlo, dejándolo en ropa interior, de manera que pudieran ver sus bien formadas piernas, los muslos tensos y el trasero notable pero no excesivamente prominente. Simplemente les parecía encantador. 

Lo único malo del asunto, a ojos de todos los estudiantes de Vo, era que las cuatro creaturas que tanta fascinación, así como trabajo, les causaban no estaban solos: cada uno contaba con una respectiva pareja, a la cual se encontraba genéticamente inclinado, dando por muerta la posibilidad de  que alguno de los proyectos pudiese llegar a fijarse en uno solo de los numerosos practicantes de ingeniería genética que estudiaban bajo la cátedra de Richard Vo.

La mujer de ojos azules y cabello negro carbono, la favorita de Vo, se llamaba Alice Project, y era la pareja del hombre de ojos azul platino y cabello igualmente negro, Briant. De la misma manera, la creatura de ojos verdes  y cabello rubio dorado que se encontraba sentada con el doctor Vo y con Alice era Anna Selick Ecker, mejor conocida como Selick entre los practicantes; su compañero era Redgie, el sujeto de rostro infantil y aires de hombre, el más maduro de los cuatro. 

-Y bien, chicos-les habló el doctor Vo por segunda vez desde que entró al cuarto. Apenas escuchar que se dirigía a ellos, los cuatro seres restantes que se encontraban en la habitación dejaron cualquier actividad en la que todavía se encontraran inmersos y se enfocaron completamente en el hombre de bata blanca-¿Están listos?-


19 de agosto de 2011

Richard Vo


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Acostado en su cama, el hombre de alrededor de cincuenta años abrió sus ojos con aire entusiasta, sabiendo que ese, en particular, iba a ser un buen día. Lentamente, se giró dentro de la cama de tamaño individual hasta quedar cercano a su borde, donde se apoyó de uno de los burós que tenía más cercano para levantarse. Una vez de pié, el hombre de espalda peluda y ancho cuerpo se las ingenió para enderezarse de un solo golpe, antes de echarse a caminar hacia el baño de la habitación, en el cual, en silencio, le abrió a la llave del agua caliente de la regadera metálica y se metió a duchar, tomándose un poco más de tiempo del habitual a la hora de afeitarse la barba que nunca dejaba que le creciera. 

Una vez salido del baño, se dirigió con la bata de toalla azul, que era tan característicamente suya, al vestidor del pequeño apartamento, donde escogió un traje de lo más simple para ir a trabajar. Encima de la camisa azul y de la corbata del mismo color pero de una tonalidad distinta, se colocó la bata impecablemente blanca que acababan de traerle apenas aquella mañana de la tintorería. En el bolsillo izquierdo de la misma se podía leer una leyenda: "Dr. Richard Vo. Astrella Laboratories". 

Dr. Richard Vo
Orgulloso al ver semejante letrero en su pecho hinchado de hombre orgulloso, el cincuentón de escaso cabello negro se sonrió a sí mismo en el espejo que había a la entrada del lugar antes de meterse las llaves que tenía en el colgadero de la puerta y salir por la misma, hacia un pasillo desierto del que, súbitamente, comenzaron a salir por las puertas que habia a todo su largo una serie de ancianos bastante parecidos a él.
Complacido de mirar a muchos de sus colegas, la mayoría llevaba años trabajando con él. Vo sonrió por segunda vez en aquél día y se echó a andar entre ellos hacia el elevador capaz de albergar a alrededor de treinta personas de manera cómoda. Dentro del ascensor, le sorprendió encontrarse con Anderson Watts, uno más de los científicos que trabajaba con él, pero al que llevaba ya largo rato sin ver en el complejo de departamentos. Ojeroso y evidentemente cansado hasta los huesos, Anderson se veía más acabado de lo normal y cuando sorprendió a Vo mirándolo, le dedicó una expresión glacial y hasta grosera, que el rechoncho científico se sirvió de interpretar como un "¿Y tú qué me ves?" Inmediatamente, Richard Vo giró su vista hacia otro sitio y se concentró en pensar en la lista de pendientes que tenía para ese día: iba a ser una jornada bastante ocupada. 

En su holocomunicador, le envió de manera mental un mensaje con caligrafía sistemática a su asistente de proyecto, una joven de apenas veinticinco años llamada Dalium; no muy brillante pero bastante entusiasta. A Vo le causaba una gracia infantil sus ganas de aprender de él, su curiosidad inusitada y lo observadora que podía llegar a ser.

Apenas había mandado el mensaje, recibió la contestación de Dalium por medio de un pequeño zumbido en su cabeza. En el texto, se leía, con su caligrafía de científica atareada, que ya iba de camino para allá, que se había quedado hasta noche vigilando al proyecto y al llegar a su departamento se había quedado dormida al instante y, por consiguiente, no había conseguido levantarse a tiempo esa mañana.
Recámara de Vo
Paciente, Vo ni siquiera se enfadó ante el hecho de que su joven aprendiz no estuviera aún en el laboratorio; por el contrario, le causó gusto: así tendría tiempo para verificar a los seres con los que estaban trabajando de manera personal y no confiándose en las pruebas que Dalium les hacía día a día como parte de los chequeos rutinarios que tenían que hacerle a las criaturas con las que estaban experimentando.

Dichoso de poder verse inmerso en la parte del trabajo de campo científico y no únicamente en su parte teórica, Vo bajó del ascensor con una enorme sonrisa decorando su rostro de apariencia amable pero senil y, en silencio, caminó por el pasillo iluminado artificialmente hasta llegar a la bifurcación por medio de la cual se llegaba a su laboratorio. 

Una vez ahí, prendió las luces tan pronto entró por la puerta y se dirigió en medio de todo el caos del lugar hacia la puerta que llevaba a los dormitorios de los experimentos. De pié ante las puertas selladas de cristal que los separaban de ellos, se sorprendió al encontrarlos ya despiertos a los cuatro. 

-Buenos días, muchachos-los saludó con entusiasmo.


17 de agosto de 2011

Soledad a consciencia


MusicPlaylist
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Con un suspiro invisible, colocó su pulgar en el detector, mientras esperaba pacientemente a que el edificio lo reconociera como su inquilino. Finalmente, el pequeño aparato, delgado como una hoja de papel, emitió un chillido de confirmación y las puertas del ascensor se abrieron para el hombre que venía subido en él, solo, en medio de la quietud de una noche amenazada por la lluvia, cabizbajo y sin esperanzas. Atravesó de un paso la distancia que separaba el cubículo impecable de cristal y titanio para introducirse en el recibidor de suelos de madera, de fuentes a los costados de la entrada y de pequeños silloncitos color gris pálido que había apostados contra las paredes del pequeñísimo salón. 

Un paso a la vez, se desplazó con el sigilo de un alma en pena hasta atravesar el corredor que lo separaba de la salita principal, con su ventana de cristal doble que permitía que se viera únicamente del interior de la casa para el exterior y no en sentido contrario. En ella, relucían todas las antorchas de las ventanas de la ciudad, luciérnagas huérfanas de la civilización en los complejos de oficinas, de hogares que en nada se parecían al de Bill y Tom. De pié frente al muro de cristal, el vocalista miraba atentamente a todo lo que sucedía afuera, mientras diminutas gotas de lluvia se pegaban al vidrio: los aerodeslizadores que avanzaban hacia sólo Dios sabía donde, cargados de pasajeros que él nunca alcanzaría a conocer y tal vez, sólo probablemente, ella se encontraba en uno de ellos, con la mirada perdida en la calle empapada y la expresión triste por no estar con él. 

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que tal vez no había ninguna "ella". Que todos los pasajeros en los taxis de cabina amarilla, en los austeros aereos que conducían las familias suburbanas y en las bicicletas que aún había en la ciudad no eran más que personas ajenas a la vida de Bill Kaulitz. Gente que había escuchado hablar de él, personas que lo idolatraban e individuos que lo satanizaban por ser lo que era: diferente. Había tenido problemas con ello toda la vida y a pesar de ello, nunca le habían hecho tanta mella como hasta entonces. 

Recámara de Bill
Harto de hablar de lo que no encontraba, llevaba meses sin escribir una sola canción de amor. Esas, en particular, habían pasado a convertirse en monopolio de Gustav, quien, en su condición de hombre comprometido, tenía inspiración de sobra para escribir las letras que después Bill cantaba en el escenario con una pasión que hacían creer al escucha que realmente era él, el hombre de corazón desesperanzado y pupilas cansadas de ver el mundo, el que hablaba sobre el cabello de ella ondeando al viento, de su respiración de sirena dulce y sus mejillas rojizas apenas semejantes en color a manzanas maduras.

Lentamente, Bill se despegó de la ventana un paso a la vez, alejándose lentamente como si se tratara del aparador de una panadería y él fuera el chico más hambriento del mundo. Paso a paso, se encaminó hacia la recámara, de la cual prendió la luz apenas hubo dado un paso adentro y se quedó observando en silencio la recámara sencilla y falta de encanto. Derrotado, supo que no podía soportarlo más cuando la respiración comenzó a fallarle, en uno de esos ataques de pánico que día a día se le hacían cada vez más frecuentes. Trataba de enfrentarlos solo, aún sabiendo que Tom era consciente de que los padecía. 

-Debe ser el maldito oxígeno...-culpó Bill a la válvula que había junto a su mano, al indicador perfectamente equilibrado que por ningún motivo podía fallar, pues hubiese sido mortal. Caminando lentamente, el hombre de cabello negro y ojos intensamente maquillados se dejó caer de bruces en la cama con un sonido sordo, como el de un costal cuando se estrella contra el piso, sin siquiera tomar la molestia de desmaquillarse. En silencio, comenzó a sollozar lastimeramente, pensando en la sonrisa de la persona que nunca aparecía, la que nunca llegaba a su vida y cada vez le parecía más distante. 

Entre chillidos lastimeros y lágrimas de santo afligido, finalmente el hombre a cargo de una de las bandas alemanas más importantes del mundo se quedó dormido al cabo de un rato, una vez que se sintió lo suficientemente exhausto como para que lo venciera el sueño. En la quietud de la habitación, únicamente se escuchaba la respiración acompasada de él, acompañada por el sonido de la lluvia que golpeteaba contra la ventana de su habitación, la que daba a una de las terrazas del departamento.