13 de noviembre de 2011
A ojos vendados
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Conexión Humanoide
11 de noviembre de 2011
Juego de dos
Súbitamente, como si se estuviese despertando de una realidad alterna y no de la propia, la creatura abrió sus ojos, dejando entrar la luz por ellos, iluminando a su paso todo lo que había en su interior. Sin mayor tardanza, se levantó de manera casi mecánica de la cama, en un solo movimiento, antes de echarse a andar por la habitación en dirección al baño que le correspondía a ella.
En un edificio no muy diferente, un hombre de cabello medianamente corto y teñido de negro se lavaba el cuerpo con un suave estropajo color verde brillante, mientras, mentalmente se preparaba para el reto al que estaba a punto de enfrentarse. Bastante serio, apenas y sentía caer el agua tibia por su cuerpo desnudo; envuelto en el vapor que llenaba la ducha, él difícilmente podía pensar en otra cosa que no fuese ella: su sonrisa brillante, los ojos semejantes a dos gemas, los labios color coral.
-¿Alice?-llamó la voz de un hombre, proveniente de una cama de sábanas y colchas blancas, en la cual se encontraba un individuo de anatomía similar a la de una estatua griega.
-¿Sí?-contestó la interpelada a un volumen de voz que hubiese resultado casi inaudible para el oído humano mientras, en la ducha, el agua caía a su alrededor, bañándola en una exquisita cascada de aromas agradables y burbujas de jabón.
-¿Qué haces?-preguntó una persona muy diferente, en otro lugar, observando a través del cristal opaco la silueta delgada de un hombre.
-Pienso llegar más temprano hoy-respondió una voz proveniente del cubículo de la ducha-Tengo que estar ahí antes de que ella se aparezca-
-¿Tan tarde?-inquirió el sujeto de la cama, girándose sobre su costado para quedar cara a cara con la superficie blanda del colchón.
-Tengo que-mintió la mujer que se encontraba aún en el baño, enjuagándose de su cuerpo jabonoso aquella espuma que parecía una segunda piel-Pero te prometo que te marcaré en cuanto salga-
-¿Si eres consciente de que...?-
-Es todo o nada, Thomas-le respondió Bill Kaulitz a su hermano mayor, saliendo de la ducha de su apartamento en una de las zonas más exclusivas de Los Angeles, California. Con su cuerpo cubierto por diminutas gotas de agua caliente, se apresuró a tomar la toalla que colgaba de la percha, ubicada a la derecha de la puerta de la ducha-No puedo seguir viviendo así-
-Vaya-respondió Tom, el guitarrista de Tokio Hotel y hermano gemelo de Bill, cruzándose de brazos al mismo tiempo que se recargaba a un lado de la ligera puerta de madera que daba de la recámara del vocalista a su baño.
-Voy a estar bien, cariño-le aseguró Alice Project a su marido, Briant, mientras salía de su baño para dirigirse hacia el vestidor, donde con todo cuidado tomó un conjunto armado por un vestido ceñido color azul marino y un saco de mangas tres cuartos-Después de todo, no voy a andar sola por ahí-
-Lo sé...-contestó el compañero humanoide de Alice, extendiendo sus largos y musculosos brazos en la cama-Es sólo que... no sé... no me gusta que pasemos tanto tiempo separados-
Enternecida ante semejante confesión, la humanoide que se encontraba en el vestidor, aprisionada entre hermosos y caros atuendos, se quedó helada. ¿En realidad era tanto lo que la quería Briant? Con un nudo en la garganta, se obligó a sí misma a pasar saliva antes de seguir colocándose el collar que había elegido para su vestimenta.
-Entonces no te espero a cenar...-aventuró Tom, observando casi sin parpadear a su hermano, quien ya se encontraba ataviándose con el elegante conjunto de pantalón de mezclilla y camisa azul marino que había escogido para ponerse ese día.
-Preferentemente no-sonrió el frontman de una de las bandas más influyentes de Alemania-Roguemos porque tú y yo no nos veamos hasta mañana por la mañana-
Y fue así como, en medio de diferentes situaciones, tanto Bill como Alice abandonaron cada uno sus hogares más temprano de lo normal, sin siquera haber desayunado a causa de la emoción que sentían por verse. Rápidos, cada quién condujo su aerodeslizador a lo largo de las calles que lo llevaban cotidianamente al trabajo, ésta vez con más alegría de la normal. En el estacionamiento del edificio principal de Cherry Tree en Los Angeles, el aero color negro carbono de Bill Kaulitz se estacionó apenas cinco minutos antes que el de Alice, un hermoso Mercedes-Benz último modelo color azul.
De pié frente a la oficina de Alice, el encantador cantante verificó su aliento por décima vez en ese rato, soplando sobre el dorso de su mano para comprobar que su hálito se encontraba fresco. Una vez que se hubo encontrado seguro de que así era, se recargó casualmente junto a la puerta de la oficina que les pertenecía a Alice y Martha, el equipo de publicidad y mercadotecnia a cargo de su nuevo materal discográfico. Casualmente, se acomodó el saco negro que traía encima por última ocasión. Mientras tanto, una hermosa señorita Project iba saliendo del ascensor.
Calzando unos hermosos tacones de diez centímetros forrados en satín negro, la elegante criatura se desplazaba a paso seguro y sonoro por encima del suelo de madera clara del pasillo. Enfundada en un vestido de satín azul marino que le quedaba ceñido al cuerpo y luciendo un coqueto saco de corte semi-formal color negro, la mujer apenas y pudo contener la sonrisa que le brotó en el rostro apenas hubo visto a su elegante y atractivo jefe apostado a un lado de la puerta de su oficina. Intentando comportarse de lo más natural, siguió avanzando hacia él sin miedo, quien la miraba de una manera que bien pudiera haber derretido un iceberg a voluntad.
-Buenos días-le sonrío él de manera galante, utilizando su voz más sensual.
-Buenos días-respondió ella con suficiencia, luchando porque no le flaqueara la voz a causa de los nervios-Me atrevo a preguntar qué es lo que hace usted aquí tan temprano, señor Kaulitz-
-Sinceramente, vengo a probar suerte-confesó él de inmediato, sin dejar de mirarla a los ojos ni un momento.
-¿Suerte con qué?-inquirió ella, la sonrisa asomando por la comisura de sus labios.
-Con invitarla a salir y que me diga que sí, señorita Project-soltó el hombre sin mayor preámbulo, rogándole internamente al destino que fuera bueno con él y le regalara un "sí" de esos hermosos labios que tanto ansiaba besar.
-Ah... entonces sí que necesita suerte-se burló Alice, un tanto arrogante, en un intento de que él se sintiera aún más enganchado con ella; por supuesto, lo consiguió.
-Confío en que la buena fortuna está de mi lado hoy-se jactó el delgado vocalista, colocando su mano en la manija de la puerta, la cual ella estaba por girar. Sorprendida ante el movimiento tan osado del que fuese su superior, Alice se volvió a mirarlo de inmediato. Una vez que hubo comprobado que la atención de la hermosa fémina era toda para él, el seductor rockstar tuvo que hablar una sola vez más-Entonces... ¿Sí o no?-
Encantada al ver lo bien que le habían salido las cosas, la mujer de bellos ojos azules apenas y podía contener el torrente de emociones que emanaban de ella. Fascinada, no podía esperar para aceptar la invitación.
-¿Por qué no?-repuso ella, haciéndose la interesante, al mismo tiempo que soltaba el picaporte de la puerta; eso sí, sin dejar caer de su mano los dedos blancos y larguiruchos de Bill.
-Excelente-le sonrió él, demostrando lo complacido que se sentía ante la situación. Sin palabras, estrechó entre sus dedos las falanges de la humanoide, la cual correspondió el gesto haciendo lo mismo. Tomados de la mano, la pareja abandonó el edificio sin decirse una sola palabra más.
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Conexión Humanoide
9 de noviembre de 2011
Persiguiendo
A partir de la situación del mensaje, donde Alice le había informado a un ilusionado Bill que, después de todo, no podría ir a verlo a la oficina de ambos, las cosas se habían vuelto tan tensas como antes, cuando se besaron por primera vez. Con los nervios de punta a causa de esta situación, el vocalista de Tokio Hotel tuvo que hacer acopio de toda su paciencia y buena disposición para volver a conquistar a la humanoide, esta vez poniéndole más empeño a la tarea.
Decidido a no dejarla ir, la buscaba a toda hora en su oficina, cuidando siempre que estuvieran solos, con el pretexto de discutir cualquier detalle, por mínimo que fuera, acerca de la mercadotecnia del disco y su respectiva gira. Haciendo gala de su tolerancia y su temple tranquilo, la publicista lo atendía siempre con una sonrisa, mas eso no evitaba que se le pusiera la piel de gallina tan sólo de verlo. Insistente, él siempre sacaba a colación la idea de invitarla a salir para "discutir pormenores de la publicidad en privado"; sin embargo, ella siempre encontraba una manera de zafarse, argumentando mil y un compromisos que se inventaba de última hora para no tener que asistir a estas citas.
-¡Ya no sé qué hacer!-le confesó Alice a Martha, un día que se encontraban ambas en un restaurante cercano a las oficinas de CherryTree. Desesperada, la humanoide picoteó su ensalada con su puntiagudo tenedor plateado como si quisiera herirla de muerte y no meterla entre los dientes del cubierto-No quiero seguir haciendo ésto, Mars-
-Entonces pónle un alto-sugirió de manera maliciosa la otra publicista, comiendo con tranquilidad de su propio plato. Inconscientemente, ya conocía la respuesta que su compañera iba a darle ante semejante propuesta.
-¡No!-repuso la humanoide de inmediato, como si la idea la ofendiera-Tampoco es para tanto...-
-¡Te gusta!-se burló la morena de ella, al ver el rubor que había subido al rostro de Alice ante la posibilidad que le había dado Martha de mandar a volar a Bill.
-¡No...! No me gusta...-farfulló Alice entre dientes, negándose a admitirlo ante ella misma. Sabía que si reconocía ante su propia persona que le halagaban las atenciones que le prodigaba su jefe, todo estaría perdido.
-Aha...-respondió Martha, mirando a la mujer que tenía sentada frente a sí entre sus largas y espesas pestañas-Y por eso no le has dicho que eres casada...-
-¡Cállate!-replicó la humanoide con premura, girándose rápidamente para observar si, de pura casualidad, ni Bill ni ninguno de sus amigos se encontraba cerca para escuchar el comentario de Martha-Ya... ya vendrá la oportunidad...-
-¿Hasta cuando...?-
-¿... vas a seguir así?-completó la frase de Martha alguien más, en otro lugar. Sentados en rueda en el suelo la oficina de Bill, tres de los chicos de Tokio Hotel y Andreas comían pizza mientras charlaban apaciblemente.
-¿Así cómo?-preguntó el vocalista de la banda, fingiendo demencia ante la situación que estaba viviendo antes de meterse un trozo de pizza a la boca.
-Esto se está tornando ridículo, viejo-intervino Gustav, una vez que hubo terminado de morder su propio pedazo-¡Simplemente invítala y ya!-
-¡Aha! ¿Y qué tal si me rechaza?-aventuró el pelinegro, sacando por fin su temor más oculto al aire. Al escucharlo, el resto de los hombres ahí presentes le sonrieron condescendientemente: ya todos habían pasado por situaciones semejantes antes.
-Entonces le das más tiempo para que lo vuelva a pensar y a la siguiente te diga que sí-contestó Georg, ante la mirada atónita de todos los presentes. Sabiendo que no esperaban una respuesta así de su parte, el hombre de largo cabello castaño no pudo evitar sonreír-¿Qué? ¡Vamos! No me digan que ésta no va a caer-
-"Ésta" tiene su nombre, por favor-repuso Bill ofendido: no le gustaba que se dirigieran despectivamente a Alice. A pesar de que hacía de su vida una montaña rusa de emociones, la adoraba con locura y lo insultaba que alguien intentara manchar la idea perfecta que tenía de ella.
-Bueno...-se corrigió a sí mismo el bajista, sabiendo que el que su líder estuviese tan sensible no se debía a otra cosa que al profuso enamoramiento que sentía por la publicista que trabajaba para ellos-No me digan que Alice no va a caer-
En silencio, los tres muchachos observaron largamente a Bill quien, simulando que nada pasaba ahí, siguió comiendo como si nada, hasta que finalmente se hartó de las expresiones burlonas de sus amigos.
-¡Ya, carajo!-exclamó entre risas, escupiendo trocitos de queso al hacerlo-¡Está bien! ¡La voy a invitar! ¡Pero si dice que...!-
-No-respondió Alice a la pregunta que Martha le había hecho, las dos aún sentadas en la terraza del restaurante de comida vegetariana en el cual se encontraban-Es que... me siento tan... culpable-
-¿Culpable por qué?-inquirió la compañera de Alice, sintiéndose ofendida ante semejante respuesta.
-¡Porque no me parece justo! Es decir, sé que es lo correcto, siento que es lo correcto... pero... Briant...-
-¡Inténtalo!-gritaron dos voces al mismo tiempo, animando a dos personas completamente diferentes.
-No sabrás lo que sucederá...-
-Si no te atreves-completó Andreas la frase que Martha le estaba diciendo en ese mismo momento a Alice, únicamente que él le estaba hablando a Bill, aún en la oficina de este.
-Tienes...-
-Razón...-suspiró Alice, apoyando su rostro entre sus manos-Está bien... lo intentaré-
-Bueno...-se corrigió a sí mismo el bajista, sabiendo que el que su líder estuviese tan sensible no se debía a otra cosa que al profuso enamoramiento que sentía por la publicista que trabajaba para ellos-No me digan que Alice no va a caer-
En silencio, los tres muchachos observaron largamente a Bill quien, simulando que nada pasaba ahí, siguió comiendo como si nada, hasta que finalmente se hartó de las expresiones burlonas de sus amigos.
-¡Ya, carajo!-exclamó entre risas, escupiendo trocitos de queso al hacerlo-¡Está bien! ¡La voy a invitar! ¡Pero si dice que...!-
-No-respondió Alice a la pregunta que Martha le había hecho, las dos aún sentadas en la terraza del restaurante de comida vegetariana en el cual se encontraban-Es que... me siento tan... culpable-
-¿Culpable por qué?-inquirió la compañera de Alice, sintiéndose ofendida ante semejante respuesta.
-¡Porque no me parece justo! Es decir, sé que es lo correcto, siento que es lo correcto... pero... Briant...-
-¡Inténtalo!-gritaron dos voces al mismo tiempo, animando a dos personas completamente diferentes.
-No sabrás lo que sucederá...-
-Si no te atreves-completó Andreas la frase que Martha le estaba diciendo en ese mismo momento a Alice, únicamente que él le estaba hablando a Bill, aún en la oficina de este.
-Tienes...-
-Razón...-suspiró Alice, apoyando su rostro entre sus manos-Está bien... lo intentaré-
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7 de noviembre de 2011
Desastroso
Apenas había comenzado a descender el avión en el cual la mujer de cabello negro venía sentada, cuando mentalmente comenzó a preparar en su comunicador un mensaje para su jefe. Temerosa, procuró no parecer demasiado absorta en el texto que tecleaba secretamente pues, a su lado, su marido observaba atentamente por la ventanilla del avión, mirando todo lo que ocurría a sus pies con su perfecta vista. Pocas palabras fueron las que recibió Bill Kaulitz en una alerta, las cuales formaban una sencilla oración: "Aterrizando en LAX".
Deshaciéndose a causa de la emoción, el vocalista de Tokio Hotel apenas y pudo contener el grito que se formó en su garganta, reacción ocasionada por el entusiasmo de saber que ella estaba de vuelta en la ciudad. Impaciente, no podía esperar para volver a verla; sentado en junta con los demás chicos de la banda, logró contenerse a lo largo de la reunión que los cuatro habían tenido junto con Martha para ponerse de acuerdo acerca de algunos de los puntos del nuevo disco.
-¿Bill?-lo llamó la mujer de ojos grandes y cejas negras, observando que éste, quien durante toda la reunión se había mostrado muy atento e interesado, de repente se había perdido en sus pensamientos-¿Todo bien?-
-Completamente en orden-rió el menor de los hermanos Kaulitz para sí mismo, hablando en una especie de doble sentido que únicamente él y su gemelo comprendieron. Sorpresivamente, Thomas se encontraba en la sala y, al leer los pensamientos de su gemelo, no pudo hacer otra cosa que sonreír de manera cómplice, bajando la mirada.
-Continuemos-instó el guitarrista de la banda al resto de ésta, antes de que la felicidad de Bill por el regreso de Alice se hiciera más evidente. Discretamente, el hombre de más de un metro ochenta de estatura tomó por debajo de la mesa la mano de su hermano menor, en un gesto de empatía que puso aún de mejor humor al pelinegro frontman.
Acabada la junta, de la cual Martha hubo salido una vez que consideró que su presencia ya no era requerida ahí, el delgado hombre se apresuró a comunicarles el regreso de la humanoide a la ciudad al resto de sus amigos, así como los planes que tenía para ella. Sorprendidos ante la iniciativa que mostraba el usualmente tímido hijo de Simone Kaulitz, sus allegados no pudieron hacer menos que aplaudir su decisión con enormes sonrisas en sus rostros. Por primera vez, en mucho tiempo, a Bill Kaulitz se le veía interesado en algo.
Presuroso, el cantante llamó a su florería de confianza, la misma cuyos servicios había estado empleando para mandarle a Alice todos los bouquettes anteriores y encargó que de inmediato se comenzara a confeccionar un arreglo en el cual se pudiese expresar, de todas las maneras posibles, el gusto que sentía Bill por tener a su trabajadora de vuelta.
Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, la mujer, cuyos ojos iban cubiertos con unas enormes gafas de sol, caminaba de la mano de su marido por los andenes del aeropuerto, esperando a que, como viajera de una línea V.I.P., se le llevara su equipaje hasta el aerodeslizador de Briant, el cual habían dejado en el estacionamiento del aeropuerto durante los días de su ausencia. Detrás de ellos, Selick y su marido, el rubio Redgie, avanzaban al mismo paso apresurado de los primeros, llamando la atención los cuatro juntos entre las multitudes que abarrotaban todo el aeropuerto. Complacidos por sus resultados durante su primera revisión oficial en el extranjero por parte de Astrella, se sentían regocijados por el hecho de haber demostrado que estaban sacándole todo el jugo posible al hecho de vivir entre humanos. Más aún, se sintieron aún más alegres cuando supieron que su científico a cargo, el doctor Vo, iba a mudarse pronto a las oficinas de Astrella U.S.A., por lo cual lo verían de manera más frecuente.
Algo que los había dejado intrigados, a pesar de lo agradable de su estadía en Zurich por varios días, era el inusual flujo de personas moviéndose por todo Astrella: científicos, asistentes como los que habían cuidado de ellos y estudiantes polulaban por la red subterránea de oficinas donde se guardaba a los proyectos más secretos de la firma dedicada a la salud mundial. Nerviosos, habían preguntado al doctor Vo a qué se debía tanto movimiento y él, con un tono despectivo que no les gustó para nada a los no-humanos, les contestó que "era un asunto sin importancia". Luchando por creerle, los cuatro se terminaron por tragar la mentira de Vo, aunque era totalmente evidente que ese "asunto sin importancia" era más relevante de lo que ellos podrían pensar.
Desechando aquél hecho, los humanoides la habían pasado en grande con su creador, contándole todo lo que habían podido aprender de los humanos en el corto tiempo que llevaban conviviendo con ellos. Satisfecho y orgulloso, Vo sonreía enormemente, escuchándolos siempre absorto, sus ojos vidriosos a causa de la emoción del éxito.
Ahora que estaban de vuelta en América, las cuatro criaturas tenían nuevos objetivos cada uno, los de cada quién enfocados a sus áreas productivas y las personas que conocían. De igual manera, su creador les encargó de manera muy especial que conviviesen más entre ellos, pues, por lo que había podido leer en los recuerdos de cada uno, no habían tenido mucha interacción en aquél poco tiempo.
-Son familia-les recordó Vo, mirándolos a los cuatro-Aunque no se parezcan físicamente ni lleven lazos consanguíneos recuerden que son una familia y como esa familia deben apoyarse mutuamente. Nunca sabemos a qué situaciones peligrosas hemos de enfrentarnos y es mejor que no lo hagamos solos-
Conscientes de esto, los humanoides asintieron en silencio, avergonzados ante su comportamiento tan antisocial entre ellos mismos y, bastante serios, prometieron frecuentarse más. Confiando en su palabra, el científico que los había creado los dejó ir de vuelta no sin antes despedirse de ellos con un abrazo.
En el LAX, las cuatro criaturas de Vo se despidieron efusivamente, antes de prometerse que se buscarían más los unos a los otros para convivir. Una vez que se hubieron separado, tanto Alice como Briant se precipitaron al aero de éste último, donde acomodaron las maletas en la parte de atrás antes de introducirse en el armatoste de metal. Rápidamente, viajaron a casa, donde apenas llegar comenzaron a desempacar, guardando cada cosa que se habían llevado de vuelta a su respectivo lugar. Acabada la tarea, se miraron el uno al otro.
-Tengo que...-
-No vas a ir a trabajar, ¿Cierto?-interrumpió Briant a su esposa, mirando cómo estaba de impaciente desde que habían salido de Suiza. Ansiosa por volver a ver a Bill, Alice se vio tentada a mentirle a su pareja con tal de ir a reunirse con su jefe.
-No-contestó ella a regañadientes, sintiendo que, en ese momento, lo correcto era quedarse en casa con su marido-Déjame avisar en la oficina que ya llegué y será todo-
-Excelente-sonrió el humanoide de cabello negro, antes de acercarse a su mujer para darle un beso en la mejilla. Aprovechando la cercanía que se produjo entre ambos ante el contacto del beso, Briant le susurró a Alice al oído-Te amo-
Con un nudo en la garganta, la humanoide no pudo evitar sentirse perturbada y culpable a la vez ante tales palabras. Con una sonrisa fingida, se obligó a sí misma a contestar.
-Yo también te amo-repuso, colocando sus brazos en torno a la estrecha cintura de Briant, quien recibió el abrazo con gusto. Después de un par de segundos, se separaron y él se dirigió a la sala para ir a sintonizar un programa en la televisión.
-Te espero-le dijo el humanoide a su compañera quien, nerviosa, no podía esperar para estar a solas para poder mandarle un mensaje a Bill. Consciente de la perfecta audición con la que contaba Briant, sabía que no era seguro hacerle una holollamada a su jefe.
Finalmente, la mujer de cabello negro se precipitó mentalmente a su bandeja de mensajes y, rápidamente, se apresuró a escribir otro rápido mensaje, el cual tumbó el ánimo de Bill Kaulitz tan súbitamente como lo había elevado:
"No voy a ir a trabajar hoy, nos vemos mañana."
Desechando aquél hecho, los humanoides la habían pasado en grande con su creador, contándole todo lo que habían podido aprender de los humanos en el corto tiempo que llevaban conviviendo con ellos. Satisfecho y orgulloso, Vo sonreía enormemente, escuchándolos siempre absorto, sus ojos vidriosos a causa de la emoción del éxito.
Ahora que estaban de vuelta en América, las cuatro criaturas tenían nuevos objetivos cada uno, los de cada quién enfocados a sus áreas productivas y las personas que conocían. De igual manera, su creador les encargó de manera muy especial que conviviesen más entre ellos, pues, por lo que había podido leer en los recuerdos de cada uno, no habían tenido mucha interacción en aquél poco tiempo.
-Son familia-les recordó Vo, mirándolos a los cuatro-Aunque no se parezcan físicamente ni lleven lazos consanguíneos recuerden que son una familia y como esa familia deben apoyarse mutuamente. Nunca sabemos a qué situaciones peligrosas hemos de enfrentarnos y es mejor que no lo hagamos solos-
Conscientes de esto, los humanoides asintieron en silencio, avergonzados ante su comportamiento tan antisocial entre ellos mismos y, bastante serios, prometieron frecuentarse más. Confiando en su palabra, el científico que los había creado los dejó ir de vuelta no sin antes despedirse de ellos con un abrazo.
En el LAX, las cuatro criaturas de Vo se despidieron efusivamente, antes de prometerse que se buscarían más los unos a los otros para convivir. Una vez que se hubieron separado, tanto Alice como Briant se precipitaron al aero de éste último, donde acomodaron las maletas en la parte de atrás antes de introducirse en el armatoste de metal. Rápidamente, viajaron a casa, donde apenas llegar comenzaron a desempacar, guardando cada cosa que se habían llevado de vuelta a su respectivo lugar. Acabada la tarea, se miraron el uno al otro.
-Tengo que...-
-No vas a ir a trabajar, ¿Cierto?-interrumpió Briant a su esposa, mirando cómo estaba de impaciente desde que habían salido de Suiza. Ansiosa por volver a ver a Bill, Alice se vio tentada a mentirle a su pareja con tal de ir a reunirse con su jefe.
-No-contestó ella a regañadientes, sintiendo que, en ese momento, lo correcto era quedarse en casa con su marido-Déjame avisar en la oficina que ya llegué y será todo-
-Excelente-sonrió el humanoide de cabello negro, antes de acercarse a su mujer para darle un beso en la mejilla. Aprovechando la cercanía que se produjo entre ambos ante el contacto del beso, Briant le susurró a Alice al oído-Te amo-
Con un nudo en la garganta, la humanoide no pudo evitar sentirse perturbada y culpable a la vez ante tales palabras. Con una sonrisa fingida, se obligó a sí misma a contestar.
-Yo también te amo-repuso, colocando sus brazos en torno a la estrecha cintura de Briant, quien recibió el abrazo con gusto. Después de un par de segundos, se separaron y él se dirigió a la sala para ir a sintonizar un programa en la televisión.
-Te espero-le dijo el humanoide a su compañera quien, nerviosa, no podía esperar para estar a solas para poder mandarle un mensaje a Bill. Consciente de la perfecta audición con la que contaba Briant, sabía que no era seguro hacerle una holollamada a su jefe.
Finalmente, la mujer de cabello negro se precipitó mentalmente a su bandeja de mensajes y, rápidamente, se apresuró a escribir otro rápido mensaje, el cual tumbó el ánimo de Bill Kaulitz tan súbitamente como lo había elevado:
"No voy a ir a trabajar hoy, nos vemos mañana."
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Conexión Humanoide
6 de noviembre de 2011
Ya es hora
Habían pasado dos semanas desde aquél incidente en el cual Alice les había salvado la vida a los gemelos Kaulitz y, desde entonces, ellos se habían visto una única vez. Con el pretexto de que tenía parientes en zonas en las que el terremoto había arrasado con todo, la humanoide pidió permiso en el trabajo para faltar un par de semanas. Desilusionado ante la idea de no ver a la mujer de sus sueños durante catorce largos días, Bill le concedió su aprobación a Alice con una única condición: que lo llamara cada que le fuera posible para reportarle si sus parientes se encontraban bien. Sorprendida ante la actitud preocupada de él hacia su persona, Alice se quedó sin palabras y, enternecida frente a la petición de su jefe, no pudo hacer más que aceptar.
Así fue como, día tras día, Bill se la pasaba sentado en la terraza de su habitación, próximo a la fuente que ni siquiera lo llegaba a salpicar, pensando únicamente en ella: en Alice.
Primero que nada, le venía a la mente aquél detalle que nunca lo dejaba en paz: saber que ella le recordaba a alguien más, aunque sin saber bien a quién. Pensaba frecuentemente en una mujer, los mismos ojos y los mismos labios sonrosados y carnosos, pero la recordaba de un lugar diferente: de un sueño. La veía claramente, tan clara como si la tuviese frente a frente, la mano extendida, el vestido de gaza ligera ondeando en torno a su cuerpo, movido por el aire gélido que circulaba en torno a ellos dos, ambos de pié en una terraza que él nunca antes había visto. Cercano a la criatura, se sentía de lo más tranquilo y, más que eso, natural como si finalmente estuviese en su elemento. Con Alice, las cosas eran muy diferentes.
Se sentía todo el tiempo nervioso, le costaba trabajo hilar palabra, ya no se diga conversación, cada vez que se ponía a pensar en ella. Lo distraía día y noche, sólo pensar en su sonrisa segura de dientes brillantes y perfectamente alineados le quitaba el aliento. Igualmente, le resultaba difícil hacer otra cosa que no fuese ponerse a suspirar mientras pensaba en ella, se la imaginaba de mil y un maneras, presa de situaciones imposibles, encuentros fortuitos y casualidades benditas que hacían que él y ella se cruzaran en cada esquina por cuestiones que ni ellos mismos podían comprender.
Ahora, loco de ansiedad, vivía esperando cualquier cosa que proviniese de ella: una llamada, un mensaje, una señal de su presencia, un encuentro. Impaciente, ansiaba la siguiente coincidencia que les permitiera estar en contacto y, aún más, se ponía histérico de pensar que, a pesar de que la había mandado a investigar sin que la mujer lo supiera, en realidad no sabía nada de ella. Todos los datos que tenía eran los que podría haber conseguido de cualquier otra fémina: no tenía número de seguridad social, pues, aunque era ciudadana americana, era atendida por un servicio de seguridad particular, tan populares en estos días por sus beneficios en cuanto a cuidados médicos se refería; sabía la ubicación exacta de su oficina y, por lo mismo, rondaba el lugar cada que tenía oportunidad, fingiendo preocuparse por la producción de la campaña de publicidad de su siguiente material discográfico. Aún así, era consciente de que, en realidad, no sabía nada de ella: el color favorito, la comida preferida, la película que la hacía llorar... nada.
Por otra parte, otro de los elementos que lo hacía vivir en constante desesperación era el hecho de que ella jamás lo llamaba, a pesar de que la última vez que se habían encontrado le había prometido que le marcaría a su holocomunicador siempre que tuviese oportunidad. Si acaso, lo contactó un par de veces, en las cuales únicamente se comunicó para indicarle que todo estaba bien entre sus familiares y que volvería a Los Angeles tan pronto como le fuese posible. Exasperado, Bill Kaulitz ansiaba que ella le marcara para invitarlo a comer, para decirle que quería verlo, para hablar sobre cualquier cosa.
Harto, el hombre se deshacía en ansias de volver a verla: le pediría una cita. La invitaría al parque cercano a su casa, aquél que le había llamado la atención desde el momento en el que lo vio; el que tenía el lago, los puentes de madera, los caminos bordeados de macizos de flores, a la sombra de los árboles que perfumaban los senderos con sus aromas fragantes, por los que transitaban los paseantes enamorados: todo quería compartirlo con ella. Más que nada, ansiaba que pasaran tiempo juntos, que ella se diera a sí misma la oportunidad de conocerlo, de acercarse a él, de entrar en su vida como él había ansiado que lo hiciera desde el instante en el que se miraron por vez primera.
Quería tocar sus manos, sentirlas entre sus dedos, quería besarla con los ojos cerrados, entrar a su casa siempre y cuando ella lo invitara a pasar, llevarla a cenar, a conocer mil lugares diferentes: quería salir con ella, poco a poco, como nunca lo había hecho antes. Y es que, a diferencia de muchas otras mujeres a las que el vocalista de Tokio Hotel conocía, Alice le recordaba tremendamente a él mismo. Con su timidez inusitada pero su poder indómito de palabra, el carácter amable pero fuerte al mismo tiempo, el temple tranquilo y ese dinamismo que parecía tener guardado muy dentro de sí. Inclusive, la primera vez que la vio, de pié en aquél centro comercial, se sorprendió: pensaba que el destino se había equivocado. ¿Cómo podía ser? La maravilla que sintió cuando la encontró, la emoción que surgió dentro de su ser: simplemente pensaba que era imposible.
Cuando se la encontró por segunda vez, allí de pié en el restaurante, se quedó completamente sin habla: ¿Dos encuentros casuales en el mismo día? Para Bill, aquello había sido destino y, como era natural, lo había dejado absolutamente sin palabras. Maravillado, pensaba que era designio divino que ambos se toparan una y otra vez; para más, cuando se enteró de que iba a trabajar con ella, pocos días después de su segundo encuentro, su corazón casi se paralizó: le parecía perfecto. Desde que se la encontró sentada en aquella silla, tablet en mano, supo que el destino, a diferencia de muchas otras veces, ahora estaba a su favor.
Pensando en Alice como se piensa en el ser amado, idealizándola como perfecta, jamás pensó llegársela a encontrar como aquél día en que la halló, gritando voz en cuello de manera amenazadora hacia todos sus subordinados. Marcándola en su mente como un ángel infalible, mudo se quedó cuando se dió cuenta de que, así como la mujer podía ser todo un pan de Dios, también podía convertirse en azote del hombre.
Gritaba a voz de trueno, refunfuñaba y se quejaba con furia de toro de Pamplona, apuntaba a las personas con una ferocidad que hacía sentir a aquellos que regañaba como si su dedo se convirtiese en flecha y los atravesaba, soltaba insultos e improperios no vulgares pero sí dolorosos para aquellos a los cuales su dardo venenoso alcanzara. Aquella vez, en la cual la encontró gritándole enfadada a su equipo de trabajo, el hermano menor de Tom Kaulitz sintió, por primera vez en su vida, miedo de una mujer. Por vez primera, la concibió como toda una psicópata, una criatura exagerada capaz de arrancarle un dedo a cualquiera por un diminuto error.
Y, a pesar de lo que se pudiese pensar, cuando volvió, cuando regresó a él para plantarle tremendo beso a manera de disculpa por su rudo comportamiento, en vez de causarle mayor fascinación lo único que hizo fue despertar en él un miedo secreto ante su comportamiento tan impredescible, el cual parecía volar del enamoramiento al odio en micras de segundo. Cauteloso, a pesar de que la buscaba y la cortejaba discretamente, le temía secretamente. No fue sino hasta el terremoto, cuando la encontró en una actitud muy diferente, ahí, entre la calamidad, completamente impasible cual diosa en medio de la multitud caótica, cuando finalmente volvió a sentir al mirarla una calma que jamás había experimentado, un remanso interior de paz que le hizo saber que, de una u otra manera, las cosas estarían bien, sucediese lo que sucediese. Y, una vez que se hubo asido a ella, abrazándose al perfume de su cuerpo, todos sus miedos, desde los más ridículos hasta los más ocultos y los que lo asesinaban en silencio, desaparecieron por completo, dejando en su lugar una luz que emanaba de él
Pensando en Alice como se piensa en el ser amado, idealizándola como perfecta, jamás pensó llegársela a encontrar como aquél día en que la halló, gritando voz en cuello de manera amenazadora hacia todos sus subordinados. Marcándola en su mente como un ángel infalible, mudo se quedó cuando se dió cuenta de que, así como la mujer podía ser todo un pan de Dios, también podía convertirse en azote del hombre.
Gritaba a voz de trueno, refunfuñaba y se quejaba con furia de toro de Pamplona, apuntaba a las personas con una ferocidad que hacía sentir a aquellos que regañaba como si su dedo se convirtiese en flecha y los atravesaba, soltaba insultos e improperios no vulgares pero sí dolorosos para aquellos a los cuales su dardo venenoso alcanzara. Aquella vez, en la cual la encontró gritándole enfadada a su equipo de trabajo, el hermano menor de Tom Kaulitz sintió, por primera vez en su vida, miedo de una mujer. Por vez primera, la concibió como toda una psicópata, una criatura exagerada capaz de arrancarle un dedo a cualquiera por un diminuto error.
Y, a pesar de lo que se pudiese pensar, cuando volvió, cuando regresó a él para plantarle tremendo beso a manera de disculpa por su rudo comportamiento, en vez de causarle mayor fascinación lo único que hizo fue despertar en él un miedo secreto ante su comportamiento tan impredescible, el cual parecía volar del enamoramiento al odio en micras de segundo. Cauteloso, a pesar de que la buscaba y la cortejaba discretamente, le temía secretamente. No fue sino hasta el terremoto, cuando la encontró en una actitud muy diferente, ahí, entre la calamidad, completamente impasible cual diosa en medio de la multitud caótica, cuando finalmente volvió a sentir al mirarla una calma que jamás había experimentado, un remanso interior de paz que le hizo saber que, de una u otra manera, las cosas estarían bien, sucediese lo que sucediese. Y, una vez que se hubo asido a ella, abrazándose al perfume de su cuerpo, todos sus miedos, desde los más ridículos hasta los más ocultos y los que lo asesinaban en silencio, desaparecieron por completo, dejando en su lugar una luz que emanaba de él
Y es que, a pesar de todo lo que había vivido desde el día en que la conoció, la adoraba con locura absoluta. Últimamente, se había dado cuenta de todos los cambios que ella iba produciendo en su vida y estaba completamente fascinado: se moría por invitarla a salir, por llevarla a mil partes diferentes y experimentar momentos que él había soñado durante largo tiempo y ahora quería hacer realidad con ella, eso sí, tomándose su tiempo. A diferencia de lo que había pensado durante toda su vida, no quería apresurar el momento. Quería tomarse las cosas con calma, con su Alice, la Alice que parecía hecha única y exclusivamente para él. Así, cada vez que pensaba en ella, se encontraba más y más resuelto: en cuanto volviese al trabajo, lo primero que haría sería invitarla a salir.
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Conexión Humanoide
4 de noviembre de 2011
Siniestro
De pié en el centro comercial, Alice y Briant permanecieron tremendamente estáticos, mientras las demás personas a su alrededor corrían desesperadas, dejando sus compras por todas partes. Ellos, atónitos, apenas podían creer lo que estaba sucediendo: estaban presenciando un terremoto.
Nerviosos, ambos humanoides miraron al otro, buscando en sus ojos una respuesta acerca de qué hacer. Sabían que eran indestructibles, el edificio podría caerles encima y ni siquiera les causaría daños superficiales; con todo y este pensamiento, un sentimiento de preservación, quizá un instinto de supervivencia innato desarrollado en ellos, les indicaba que debían moverse, quitarse de ahí, correr tan lejos como pudieran. Conscientes de que eran capaces de atravesar el globo terráqueo en cuestión de segundos, la idea de huir cruzó la mente de ambos al mismo tiempo; después de todo, ¿Qué tan lejano era Chile o Brasil para un humanoide? Listos para apartarse del lugar, silenciosamente se tomaron de las manos, observando sin mirar a las personas que corrían a su alrededor, desesperados y atemorizados. No fue sino hasta que Alice lo vio, cuando cambió de parecer y algo en su interior le dijo que debía salvarlo.
Ahí, unos cuantos metros frente a ella, se encontraban Bill y su hermano mayor, Tom; ambos atemorizados, tomados de la mano de igual manera, inmóviles entre la gente. Quizá conscientes de que no había muchos lugares a los que pudieran huir, se mantenían estáticos debajo de un arco, esperando que si el edifico colapsara, al menos el pilar de hierro bajo el cual se encontraban refugiados ayudaría a que no salieran muy lastimados.
Temiendo por la vida de Bill, Alice soltó de inmediato la mano de Briant, quien, sorprendido, se quedó completamente en blanco, observando cómo su esposa corría hacia lo que a él le pareció un completo desconocido. Una vez ahí, escuchó que comenzó a hablar con las dos personas hacia las cuales se había desplazado.
-¡Bill!-lo llamó Alice a gritos, aún antes de llegar a la posición de éste último. A pesar de todo el estruendo a su alrededor, el hombre fue completamente capaz de escuchar la voz de la humanoide.
-¡Alice!-repuso él, entornando la mirada para enfocarla conforme se aproximaba más a él.
-¡Sújetate de mí!-le ordenó, abrazándose al cuerpo del hombre. Él, atóntito, no entendió a la primera lo que la mujer le había querido decir.
-¿Qué?-repuso el asustado pelinegro, sintiendo los brazos delgados de la blanca criatura en torno a él. Helado, Tom tampoco entendía lo que sucedía ahí.
-¡Rápido, obedéceme! ¡Sujétate de mí!-le gritó, antes de extender su mano derecha hacia el mayor de los hermanos Kaulitz, el cual los observaba en silencio, completamente confundido-¡Tom! ¡Ven!-
Reaccionando más rápido que su hermano, el guitarrista acató la orden de inmediato y sin chistas siquiera se arrodilló, abrazándose a la pierna de la humanoide. Al ver lo que hacía su gemelo, Bill también obedeció a la chica y, sin palabras, se dobló para asirse de su cintura. Una vez que hubo tenido a ambos gemelos en torno a ella, Alice comenzó a arrodillarse también, hasta que su rodilla derecha hubo tocado el suelo. Desde ese momento, tanto Bill como Tom se sintieron más seguros y, a pesar de que la tierra aún seguía moviéndose debajo de ellos, ya no tenían miedo; inconscientemente, sabían que iban a estar bien. En silencio, Briant los observaba a los tres, sin comprender el por qué de la reacción de Alice.
No fue sino hasta que se acabó el sismo, dos minutos más tarde, cuando la tierra y todo lo que se encontraba alrededor de los humanos y los humanoides dejó de moverse, muchas de las cosas recobrando su posición original. A pesar de que algunas lámparas y anaqueles se habían caido dentro de las tiendas, no había heridos. Lentamente, tanto Alice como los hermanos Kaulitz se fueron levantando poco a poco del suelo, recobrando sus posturas erguidas una vez más. De pié uno frente al otro, Alice y Bill se mantuvieron sujetos, sin poder despegar sus miradas.
-Gracias-susurró Bill, con el aliento entrecortado a causa del susto.
-No hay de qué-le contestó Alice en el mismo tono, murmurando sin entender por qué. Alrededor de ella, el resto del mundo le parecía borroso con excepción de Bill.
-¿Alice?-llamó una voz a la chica quien, súbitamente, pareció despertar de una clase de ensueño. Detrás de ella, Briant la miraba extrañado-Hay que salir de aquí-
-Sí-contestó la humanoide, recobrando rápidamente el sentido. Tan pronto hubo recuperado la consciencia, se soltó de los brazos de Bill y éste, observando lo incómodo de la situación, hizo lo mismo.
-¡Macky!-le gritó Tom a su hermano, ya unos cuantos metros a la distancia, rodeado por todo el cuerpo de seguridad de VSD-¡Tenemos que irnos antes de que cierren las calles!-
Así, aún de pié uno frente al otro, Alice y Bill se observaron en silencio, sabiendo que tenían que separarse. En silencio, cada uno tomó su propio camino y antes de que Bill pudiese volver la vista para buscar de nuevo a la humanoide entre la multitud de gente que había en la plaza, ella ya había desaparecido.
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Conexión Humanoide
2 de noviembre de 2011
Natural
A partir de la decisión tomada por Alice, las cosas entre Bill y ella fueron retomando poco a poco su curso natural. A pesar de lo difícil que se tornaba para la mujer convivir de manera normal con los dos amores de su vida, pronto se fue haciendo a la idea y, si bien no sacaba partido completamente del comportamiento y las intenciones de su jefe, las pláticas entre ambos habían vuelto a ser tan amenas como antes; mas no por eso le había brindado ya el placer de salir con ella, cosa que al líder de Tokio Hotel lo ponía de cabeza.
Durante las dos semanas que siguieron a la plática de Martha y Alice, la humanoide de ojos azules y negro cabello se fue haciendo más cercana al vocalista de la banda; el cual, fascinado, más de una vez ya le había pedido que la dejase invitarla a comer, al cine o al teatro, siempre insistiendo en que fuesen los dos solos. Reticente, Alice se negaba a llegar a ese punto, pues pensaba en ello como el colmo del cinismo: si ya era suficiente el que estuviese conviviendo con Bill después de lo sucedido, pensaba que el salir con él era una verdadera infidelidad hacia Briant. Sacando mil y un excusas, la encargada de marketing se las ingeniaba siempre para zafarse de las proposiciones de su jefe, siempre preocupada por no parecer grosera con él. Eso sí, ni de chiste había vuelto a hablar con Selick acerca de Bill y, cada vez que ésta le preguntaba algo acerca del humano, ella contestaba que se había "alejado cordialmente de él". Tranquila, la rubia volvía a sus asuntos como encargada de recursos humanos de una gran empresa trasnacional, pensando que su compañera y amiga vivía alejada de Bill Kaulitz, antes bien se encontraba muy lejos de la verdad.
Briant, por su parte, regresó encantado al lado de Alice una vez que ésta volvió a comportarse dulce y cariñosa con él, pensando ella que mientras más normal se comportara con él, menos notaría la clase de relación que guardaba con su jefe. El humanoide, fascinado por haber recobrado a su tierna esposa, no paraba de llevarla a todas partes con él: a las comidas y cenas que celebraba su compañía, a sus eventos de inauguración de complejos residenciales o edificios, a comer o a cenar fuera o a obras de teatro: el punto es que él intentaba que pasaran todo el tiempo juntos que podía exprimirle tanto a su demandante carrera como a la de Alice, ya que ambas exigían mucho tiempo, concentración y dedicación. Mientras tanto, los dos humanoides iban cumpliendo con lo señalado en sus calendarios de actividades planeados por Astrella, así como asistían juntos a las revisiones periódicas que la compañía les exigía realizar en un mínimo de quince días cada una. Por tanto, viajaban frecuentemente, ya que, en aquél momento, la única sede capaz de valorar su desempeño y desarrollo era la ubicada en Washington D.C.
Un día en el cual ni Briant ni su esposa tenía trabajo, la casa se encontraba limpia y ordenada y no tenían pendientes, ambos decidieron salir a pasear juntos por la ciudad, pues era uno de los hobbies favoritos de los dos. Después de un rato de mirar mapas y rutas de Los Angeles, se decidieron por ir a un centro comercial que no se encontraba tan lejano de su departamento, en parte porque no recordaban haber estado allí durante toda su estadía en la ciudad y también porque dentro de sus tareas para esa quincena radicaba el evaluar e intentar entender el comercio humano.
Prestos, ambas creaturas se ducharon, se vistieron y se arreglaron intentando lucir lo más normales posibles, vistiéndose con la ropa que los implantadores de Astrella habían dejado para ellos en los vestidores del departamento. Posteriormente, salieron del hogar, subiéndose ambos al aerodeslizador negro brillante de Briant, quien condujo hasta el centro comercial según las indicaciones del computador que traía incluído el vehículo. Ya en el complejo, ambos empezaron a vagabundear por las tiendas, comprando una o dos cosas a su paso que les parecieron interesantes. Sin embargo, cuando ya se encontraban dispuestos a marcharse, tan solo dos horas más tarde, un movimiento trepidante comenzó a mover el suelo, haciendo que las lámparas de los techos se agitasen hacia los lados y unos cuantos objetos se cayeran de sus anaqueles.
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Conexión Humanoide
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