5 de octubre de 2011

Blair




-Excelente excusa...-congratuló el hombre de cabello entrecano a la mujer de brillante cabello pelirrojo apenas hubieron salido por la puerta que conectaba la sala de juntas con el obscuro pasillo en el cual él anteriormente se encontraba sentado, mientras el petulante de su marido y el resto de los accionistas deliberaban.

-No es una excusa: realmente siento curiosidad por tus experimentos-lo contrarió ella, caminando a paso veloz a pesar de los altos tacones negros que llevaba puestos. Casi corriendo, Watts luchaba para alcanzarla-Más cuando tomaste...-

-Tú me la obsequiaste-puntualizó él, antes de que ella siguiera hablando.

-¡Cuando estábamos juntos!-chilló ella, perdiendo el control durante un momento. Al darse cuenta de esto mismo, se detuvo en seco, frenando su acelerada marcha, hasta que se sintió recompuesta de nuevo. Una vez que sintió sus emociones de nuevo en control, volvió a caminar, un poco más lento esa ocasión. Condescendientemente, él procuró no mirarla durante todo el tiempo que duró aquél espectáculo-De todos modos me gustaría verla-

-Como desees-repuso él, un poco más calmado, avanzando al mismo paso de ella, los pasos de ambos resonando a través de los corredores desiertos, hasta que llegaron al punto donde comenzaba el laboratorio del doctor Anderson Watts. Ahí, todos los jóvenes que se encontraban trabajando en diferentes tareas se quedaron pasmados tan pronto atisbaron la imagen gloriosa y atractiva de la doctora Alexis Blair, la cual pretendía no darse cuenta de la fascinación con la que la observaban los estudiantes de Watts.

-¿Se les perdió algo?-le espetó Watts a sus estudiantes, los cuales de inmediato bajaron la mirada, avergonzados-Sigan en lo que estaban...-

Ante tales palabras, todos los subordinados de Anderson Watts continuaron con sus respectivos trabajos y, una vez que todo pareció de nuevo en orden, tanto Watts como Blair se echaron a andar de vuelta en dirección a la recámara en la cual tenían resguardados a los cuatro proyectos pertenecientes al equipo de investigación del doctor Anderson Watts, especialista en genética y desarrollo humano.

-Alexis...-

-No tengo tiempo para esto, Anderson-lo interrumpió la mujer, colocando su mano en la manija de la puerta-Sabía que saldrías con cosas como estas...-

-Es que... me gustaría hablar contigo-

-¿Ah sí?-repuso ella, pasando por alto el tono entristecido con el que él le había hablado-¿Pues sabes qué? Es tarde. Treinta años tarde...-

Así, sin darle más tiempo a que él le replicase algo más, la mujer abrió la puerta frente a ella, observando con los ojos abiertos como platos y una enorme sonrisa a la primera criatura que vislumbró: de piel increíblemente pálida, tremendos ojos verdes y hermoso cabello pelirrojo.

-Hola...-murmuró intimidada Alexis Blair, observando absorta al ser que tenía frente a sí.

-Hola-contestó el espécimen con una suave voz, clara y perfecta.


3 de octubre de 2011

Es un secreto







En una silla, alojado en la obscuridad del pasillo completamente desierto, en el cual únicamente se escuchaba su respiración, aguardaba paciente a la respuesta de los hombres y mujeres dentro de la sala, a un lado de cuya puerta se encontraba sentado.

Era cierto: su contrincante se le había adelantado; mas sabía que, una vez que el grupo de inversionistas analizara las propuestas que él les había mostrado, así como sus ambiciosos objetivos y la sucia información que había logrado encontrar acerca del proyecto rival, tomarían la decisión correcta.

-¿Doctor Watts?-lo llamó una voz dentro de su cabeza, proveniente de su holocomunicador-Puede pasar ahora-



-Encantado de...-respondió él con una radiante sonrisa, más irónica que cualquier otra cosa. En silencio, se levantó del asiento de tapicería negra, antes de traspasar la puerta que lo separaba del grupo de hombres y mujeres que únicamente se dedicaban a observarlo sin pronunciar una sola palabra. Ahí, sentada entre ellos, se encontraba ella, cosa que le removió lo más profundo del alma, justo el centro de su corazón.

-Toma asiento, Anderson-le pidió el accionista mayoritario, indicándole un asiento del otro lado de la mesa de juntas, a cuya cabeza se encontraba él.

-Supongo que durante mi... ausencia ustedes estuvieron deliberando, damas y caballeros-se expresó el científico, obedeciendo las órdenes del que fuese su superior, sin poder quitarle la mirada a la mujer que tenía él sentada a su izquierda. Consciente de ello, ella comenzó a sentirse incómoda y, al notarlo, el hombre de traje y corbata extendió su mano sobre la mesa para tomar la de la mujer pelirroja que tenía sentada al lado, cosa que molestó de sobremanera al hombre que recién acababa de entrar.


Doctor Anderson Watts

-Efectivamente-le respondió Dodman Roberts al hombre que se encontraba en el lado contrario de la mesa-Y... llegamos a una conclusión-

-Me muero por escucharla-repuso con su misma sonrisa sardónica el hombre de bata blanca y ojos azul acero.

"Ojalá te murieras de verdad", le espetó una voz dentro de su cabeza, una voz que no pertenecía a su holocomunicador, ni siquiera a él mismo. Clara y fuerte, sabía que la voz le pertenecía a ella, quien, ahora que su pareja se había distraído, lo observaba atentamente. Adolorido ante el comentario, se sobrepuso rápidamente a la dolencia que le causaron semejantes palabras, evitando darle el gusto a ella de hacerlo sentir mal.

-Vamos a invertir en tu proyecto-enunció el hombre de negocios, para alivio de Anderson Watts quien, por primera vez en largo tiempo, sonreía por genuina alegría-Los... puntos que nos has expuesto resultan interesantes para la junta y... hemos decidido que tus chicos valen la pena-

-Me da gusto saberlo, señor-expresó el anciano científico-¿Cuándo los quiere fuera de los laboratorios?-

-Ah... con que los tuyos sí están listos...-sonrió Roberts, mostrándose sorprendido-Cuando le pedí a Vo que sacara a los suyos... no pareció gustarle mucho la idea-

-Usted me conoce-contestó Watts, reclinándose en el asiento en el que se encontraba-Sabe que me gusta tener las cosas a tiempo-

-Me doy cuenta-repuso el empresario-¿Crees que puedan estar listos para esta noche?-

-Por supuesto-repuso el hombre de cuerpo delgado y larguirucho de inmediato-El equipo de implantación ya recibió órdenes y las está llevando a cabo conforme hablamos-

-Maravilloso...-repuso realmente encantado Roberts: le encantaba la eficacia con la que trabajaba Watts-Entonces... únicamente queda esperar-

-Así es-confirmó el científico, antes de girar su mirada hacia los ojos verdes que no dejaban de observarlo-Doctora Blair, ¿Quisiera usted añadir algo?-

-Creo que no será necesario...-

-Me gustaría echarle un vistazo a las criaturas-interrumpió Blair a Roberts, volviéndose hacia él, mirándolo con sus hipnóticos ojos color bosque, de los cuales siempre sacaba partido. Hechizado por la mirada de la mujer, el director general de Astrella no pensó ni un momento en oponerse a la petición de la doctora Blair desde que aquellas pupilas entraron en contacto con las suyas.

-Como tú desees, querida...-contestó Roberts, casi sin aliento-Doctor Watts... ¿Podría usted escoltar a la doctora Blair al salón donde tiene resguardadas a sus creaciones?-

-Será todo un placer-sonrió burlonamente Watts, antes de ponerse de pié-Doctora Blair, ¿Vamos?-


29 de septiembre de 2011

Casual encuentro






MusicPlaylist
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-¿Entonces eso te dedicaste a hacer todo el día?-inquirió la voz de la mujer, sentada frente a su pareja en el elegante restaurante al que habían decidido ir. Caminando por la calle, les había llamado la atención la dulce música que emanaba del interior del local, traspasando las ventanas, así como los aromas hipnotizantes que surgían por la puerta ligeramente entreabierta. Ahora, sentados el uno frente al otro debajo de un candelabro, charlaban apaciblemente, al mismo tiempo que comían una deliciosa cena.

-Así es-contestó él con una enorme sonrisa, limpiándose los rosados labios con la servilleta de lino que tenía apostada en el regazo-Es sorprendente, ¿No lo crees? Digo, a ellos les parece tan tremendamente difícil y yo lo hice en un abrir y cerrar de ojos-

-Bueno, Bry... ¿Qué se puede esperar de ti? Eres... perfecto-repuso la dama de ojos azules y nariz respingada, bajando la mirada; un tanto abochornada por el comentario: no era de las que solían hacer cumplidos.

-Gracias...-replicó él tímidamente también, sintiendo un cálido rubor subir hasta sus mejillas-Y, por cierto, sabes que me encanta cuando me llamas Bry...-

-¿Tú crees que lo hago gratuitamente?-sonrieron los labios carnosos con complicidad, transformándose en una mueca jubilosa.

-Claro que no-suspiró el hombre frente a ella, extendiendo su mano para tomar los delicados dedos como de porcelana de la chica, la cual se sobresaltó en cuanto él la tocó, sintiendo un impulso eléctrico que recorría cada rincón de su cuerpo.

-Bry... estaba pensando...-

-Pasen por aquí, por favor-interrumpió una voz a la mujer, la voz de un hombre, el cual guiaba a un grupo de desordenadas personas tras de sí.

-Fabiho, ¿Podrías ayudarme, por favor?-le pidió una chica a un hombre alto, de espalda ancha y brazos fornidos, el cual venía caminando detrás de ella.

-Siempre que lo necesites, preciosa-aprovechó él para coquetearle a la rubia que traía enfrente, bambolenado sus redondas caderas ante la mirada lujuriosa de él, quien no perdía ni la más mínima oportunidad para acercársele tanto como le fuese posible.

-Por favor...-suplicó ella en tono cansado, no precisamente de humor para los ataques del mejor amigo de Georg Listing.

-Claro, Natalie-contestó éste ya con mayor formalidad, dándose cuenta de que, en vez de acercarse a cumplir su objetivo, lo único que Fabiho estaba haciendo era fastidiar a la mujer, la cual, al borde del colapso, parecía que se derrumbaría de un momento al otro debido a tanta tensión-¿Quieres que lo siente en el centro de la mesa?-

-Sí, por favor; y guárdenme un asiento junto a él. Al otro lado que se siente Tom, yo voy al tocador un momento-repuso la delgada rubia, desembarazándose del abrazo de su mejor amigo, al cual traía casi cargando sobre su costado. Una vez que lo vio seguro en manos de Fabiho, echó a andar por uno de los corredores hacia los tocadores de damas, en busca de un segundo de paz.

-¿A dónde va Nattie?-inquirió Bill como un niño pequeño, abrazándosele a Fabiho como pulpo tan pronto éste lo hubo tomado entre sus brazos para ayudarlo a sentarse.

-A orinar-contestó el interpelado con toda franqueza-O eso supongo-

-Ah, está divino-repuso el chico de cabello negro sin mayor turbación, dejándose conducir hasta su asiento, rodeado por sus demás amigos quienes, entretenidos por la salida, no dejaban de parlotear entre ellos.

-¿Quieren comenzar a ordenar de una vez, señor?-le preguntó un mesero al mayor de los hermanos Kaulitz, el último en la procesión. Un poco despistado, a Thomas le tomó cierto tiempo responder.

-Este... sí-balbuceó con dificultad, oteando entre las diferentes pantallas de su holocomunicador para ver si no había recibido ningún mensaje de la que no sabía si aún era su novia: Annya Nikova-Comience a tomarle la orden a los señores, mi hermano y yo pediremos al último-

-Como usted desee, señor-contestó el servicial hombre, antes de presionar una serie de comandos en el tablero electrónico de su holocomunicador de servicio, el cual le transmitía a los comensales los menús del restaurante con descripciones detalladas de cada platillo. Una vez que hubo llegado a sus respectivos holocomunicadores la notificación del menú, cada uno de los comensales de la mesa de los Tokio comenzaron a tomar asiento lentamente, perdidos viendo imágenes en tres dimensiones de los platillos que el elegante restaurante ofrecía.

-¿Cómo siguen las cosas?-le preguntó Natalie a Tom, unos minutos después, una vez que hubo regresado a la mesa.

-Bien: está comiendo-informó el hermano mayor de Bill, el cual, a su lado, ingería calmadamente lo que parecía una sustanciosa sopa.

-Excelente-replicó la dama, sentándose al otro lado del hermano gemelo de Thomas-¿Tú ya ordenaste?-

-No tengo demasiada hambre...-repuso el interpelado, bajando la mirada. Tan pronto como hubo terminado de hablar, la mirada de la estilista de Bill se le quedó clavada encima, con un aire implícito de reproche.

-Thomas...-

-Me tomé la libertad de ordenar por ti-la interrumpió él, viendo si así salía del paso. Aún así, no lo consiguió, pues la chica no le quitaba la mirada de encima.

-No voy a probar bocado si no comes-lo amenazó, apuntándolo con su tenedor-Comienza de bulímico otra vez y verás...-

-Está bien, ya... estoy comiendo-replicó él, avergonzado ante el comentario, tomando rápidamente del plato de ella un pequeño bocado-¿Ves? Alimento-

-Más te vale...-repuso la rubia, fijando su mirada de vuelta en su plato, dejándolo a él con el comentario que recién le había hecho. Le dolía decírselo, era cierto, pero sólo así lograba que comiera; aterrada por su salud, temía que volviera a caer en el desorden del que había sido presa apenas un mes atrás.

Lentamente, la cena fue transcurriendo entre los comensales que se encontraban a la mesa, los cuales charlaban animadamente. Bill, aún en su estado letárgico, únicamente se reía de manera ocasional, siempre con la misma expresión perdida que no se le quitaba por nada, y raramente llegaba a hacer un comentario al respecto de algún tema del que se estuviera hablando. Entretenidos, sus amigos únicamente lo miraban atentamente entre plática y plática, esperando a que en algún momento llegara a reaccionar. Una vez que todos terminaron de cenar y la sobremesa acabó, decidieron irse a casa, pues al día siguiente tenían que salir cada uno a trabajar.

-Vámonos ya-pidió Phoebe, tomando un sorbo del poco café que quedaba en su taza-La verdad, ya estoy hasta el tope de cansancio...-

-Coincido con mi mujer-se sumó Gustav, mientras discretamente por debajo del mantel presionaba la mano de su novia con un aire muy poco inocente del que ella pronto se dio cuenta-Salgamos de aquí-

Fue así como, uno a uno, los chicos de la banda Tokio Hotel así como sus respectivos acompañantes fueron abandonando poco a poco la mesa, mientras Tom pagaba la cuenta y Natalie impartía instrucciones a Fabiho y Georg para que le ayudaran a llevar a Bill de vuelta a alguno de los deslizadores. El susodicho, aunque ya se encontraba más repuesto que a su llegada al establecimiento, seguía en un estado de letargo. Torpemente, trastabillaba por el pasillo central del lujoso restaurante.

-Es increíble: ya lo verás cuando te lo muestre. ¡Todos esos pisos! Estas criaturas de verdad son feroces cuando se dedican a construir cosas-explicaba un hombre a la mujer que traía junto a él, ambos caminando en dirección a la salida del lugar, cuando se toparon con el vocalista de una de los grupos musicales más aclamados de los últimos tiempos.

-Disculpe, señorita-balbuceó Bill torpemente, al sentir que había chocado con la mujer que venía caminando con su acompañante.

-No hay cuidado-respondió ella cordialmente, sin haber perdido el equilibrio en lo más mínimo. Aturdido, él levantó la mirada, buscando el rostro de la dama a la que sin querer había empujado y, cuando lo hizo, quedó maravillado.

De pié, frente a él en medio de toda las personas en el restaurante, se encontraba ella otra vez. Cambiada de ropa, con un hermoso vestido largo de seda azul celeste, el cual no se veía ni tan formal ni tan informal, sonriente y con una pequeña carterita negra entre sus dedos, la reconoció de inmediato.

-Alice...-balbuceó él débilmente.

-Hola-respondió ella, hablando claramente con aquella voz suya, tan melodiosa-Con permiso-

Y así, sin una palabra más de parte de ninguno de los dos, se apartó de él, caminando seguida por un hombre al cual él no pudo verle el rostro, desapareció de súbito, igual que cuando había llegado a su vida.

-Alice...-repitió el hombre, pasmado, observando a la susodicha.


28 de septiembre de 2011

Dulce fiebre






-¿Cómo está?-preguntó la mujer tan pronto como hubo entrado por la puerta principal, la misma que daba del recibidor del departamento a la sala del mismo. Agitada, apenas y podía creer lo que le habían dicho por el teléfono.

-¿Tú cómo lo ves?-inquirió su hermano, sentado al lado del enfermo.

-Delirante-contestó la misma, aproximándose a ambos hasta que finalmente pudo sentarse del otro lado del sofá, cercana a los pies del hombre que languidecía sobre él, riéndose para sí mismo-Hallo, Billy-boy-

-Pudín...-murmuró este, antes de echarse una buena carcajada a causa de la incoherencia que había dicho. Con la mirada desenfocada y los párpados entrecerrados, era difícil saber si no se encontraba más bien en un estado semi-comatoso que fascinado.

-Vaya...-musitó la chica a sus pies en respuesta, observando bastante sorprendida al susodicho-Quién lo diría... ¿Alguien ya sabe quién es ella?-

-Eso es lo más chistoso-se rió el hermano mayor-No tiene ni la menor idea de quién se trata. Únicamente conoce su nombre, y no para de repetirlo. Es...-

-Alice Project...-suspiró el cantante, antes de echarse a reír como si hubiese contado una agradable broma-¿Acaso no es encantador? Muy simple, tal vez, diría yo... pero bueno, ¿Quién me creo para nombrar la perfección?-

Atónita, la mujer no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Enfundada en un ligero abriguito de color canela con botines que hacían juego, lo miraba sin palabras, apostada en el borde del asiento de cuero, tomándolo de sus larguiruchos y blancos pies.

-Increíble...-

-Lo mismo digo yo-repuso el pelinegro del otro lado del sofá, el hombre de las trenzas-Nunca había sentido algo parecido-

-Dices que te llegó cuando estabas...-

-Eso fue lo más incómodo del caso-se rió él, sintiéndose genuinamente avergonzado por muy difícil que esto pudiera parecer-Dejé a Annya... bueno, dudo que quiera verme pronto-

-Ya se le pasará-repuso ella, restándole importancia al asunto. La verdad, prefería que Tom no se reconciliara con su dichosa noviecita: la consideraba una pésima influencia para él-¿Seguros que no está narcotizado o algo así?-

-Completa y definitivamente-contestó el hombre, cambiando de tema sin darse cuenta-Responde como si nada. Sólo que no quiere ni probar bocado de tan embobado que está-

-Mmm... ya veremos, ¿Tienes idea de cuántas horas lleva sin comer?-inquirió la mejor amiga del pelinegro tendido en el sofá, angustiada por él.

-Yo lo vi probar bocado en la mañana y, de ahí no sé nada porque...-

-Las explicaciones sobran-lo interrumpió con sutileza y, aún así, tajante: le molestaba que lo pusiera por debajo de sus demás prioridades siendo que, para el vocalista de Tokio Hotel, su gemelo era más importante que su vida misma-Vamos a llevarlo a que coma algo-

-No tenemos ni una migaja en la casa...-rió él con ironía, dándose cuenta de que llevaba tanto tiempo alejado de su hogar que no tenía ni idea de si aún tenían cocina por lo menos.

-Vámonos a un restaurante, háblale a los demás y de paso diles a Hagen y a Fabiho que me vengan a ayudar con él para subirlo a uno de los aerodeslizadores-ordenó ella, estirándose a lo largo de la silueta del chico que no dejaba de suspirar para tomarlo con suavidad por sus mejillas.

-¿Quieres que Phoebe avise a VSD que vamos a salir?-sugirió Tom, poniéndose de pié en silencio.

-Es lo mejor, por si llega a suceder algo-consintió Natalie, repasando con sus dedos las facciones de Bill-Y vámonos ya antes de que este niño se desmaye o algo así-

-¿Nat?-inquirió una voz, una que ya llevaba largo rato sin interponerse impertinentemente dentro de la conversación.

-¿Qué pasa, cielo?-repuso ella con total naturalidad, acariciando su rostro.

-¿A dónde me piensas llevar?-quiso saber el chico quien, a pesar de no estar muy consciente de todo lo que ocurría a su alrededor, bien escuchaba lo que se decía de él.

-A cenar, corazón-contestó la mujer, comenzando a levantarlo del asiento en el que se encontraba postrado-Necesitas comer algo-


26 de septiembre de 2011

Éxtasis







Sentado en el sofá de la sala de su hogar, el hombre apenas y podía parpadear a causa de la fascinación que sentía. No entendía claramente cómo había logrado volver de aquél sitio, aquél maravilloso sitio, si durante todo el trayecto le pareció que no veía otra cosa que colores brillantes destellando por todas partes. Finalmente, había alcanzado el edificio, metiendo el aerodeslizador al garaje, antes de subir por el ascensor hasta su residencia, el pent-house que compartía con su hermano mayor. Apostado en un sofá de tapicería negra, se dedicaba a suspirar, perdido en la imagen de la mujer, la cual repetía una y otra vez dentro de su mente. 

Mientras tanto, por diferentes puntos de la ciudad, cuatro aerodeslizadores de diferentes modelos y colores se movían como bólidos entre la multitud, con la señal de alerta encendida para que otros autos los dejaran pasar. Moviéndose entre el tráfico, volanteaban violentamente cada cinco segundos, girando entre calles y avenidas distintas, buscando atajos para alcanzar de manera más rápida el edificio en el que habitaban los gemelos Kaulitz. Ansiosos, los seis iban mentalmente preparados para lo peor. Después de todo, lo veían venir de tiempo atrás: él ya no era el mismo.

Sumido constantemente en una depresión que difícilmente lo dejaba respirar, se encontraba siempre decaído, sonreía con dificultad y pocas cosas le causaban fascinación o encanto. Había dejado de ver películas hacía mucho, argumentando que las temáticas actuales se encontraban ya demasiado trilladas para él; de igual manera, se había despegado de la música, la cual únicamente escuchaba cuando se trataba de su propia banda, como cuando tenían que ir a grabar al estudio o revisar juntos algún single. 

A diferencia de hacía unos años, tampoco le gustaba leer ya y difícilmente salía si no era con su grupo de amigos y por cortos periodos de tiempo. Antes de que Tom saliese con Annya Nikova, pasaba todo el tiempo con él, pegado como su sombra, buscando para ambos cientos de actividades con tal de mantenerse siempre ocupado. Ahora que su hermano lo había abandonado también, no le quedaba de otra que ir y encerrarse en su hogar, a menos que sus amistades fuesen muy insistentes y, a base de ruegos y súplicas, lo invitaran a salir.

Conscientes de esto, los seis jóvenes, sumados a la mejor amiga de Bill, Natalie, hacían hasta lo imposible por levantarle el ánimo, buscando cualquier clase de actividades que pudiesen hacer juntos. Intentaban pasar con él todo el tiempo que podían obsequiarle, siempre comportándose de manera cordial y jubilosa con él, mas sabían que no era suficiente: no podían darle lo que él quería, lo que llevaba largo tiempo buscando y parecía encontrar cada día menos. 

En un intento de aligerarle la carga de buscarla, le presentaban a decenas de chicas que pensaban podían ser la indicada para él, aún así, pronto se daban cuenta de que la mayoría de ellas accedía a salir con él por su fama, su dinero o bien, porque pensaban que él era un ser extremadamente sexual y lo único que buscaban era tenerlo en sus camas por una noche. Desilusionado, el vocalista de Tokio Hotel abandonaba la escena tan pronto se daba cuenta de todo esto, sumido siempre en un mar de lágrimas al darse cuenta de lo difícil que resultaba para alguien como él encontrar una pareja.

Ahora, alarmados, los seis muchachos volaban a casa, sabiendo mentalmente lo que encontrarían pero esperando no hallarlo. Mentalmente, Tom era el que más exaltado se encontraba, pues era consciente de lo mucho que se había alejado de su hermano en los últimos meses y temía que éste mismo factor hubiese orillado a Bill a cometer estupideces. Una vez que llegaron al edificio, los jóvenes saltaron de sus respectivos aerodeslizadores, encontrádose en la diminuta plaza del edificio, la cual se encontraba frente a su entrada principal.

-¿Sentiste...?-

-No, fue algo muy extraño-le contestó el mayor de los hermanos Kaulitz al que llevaba siendo su amigo desde la infancia-Precisamente por eso me alarmé-

-¿Subimos todos?-inquirió Hagen, listo para actuar.

-No-repuso Klaus, al ver que su novia se encontraba tan alarmada. Si llegaban a ver una escena desagradable... bueno, prefería que Phoebe no estuviese ahí. 

-Estoy de acuerdo-repuso Andreas, pensando igual que Klaus-Creo que Tom y yo deberíamos ir primero-

-Si están haciendo todo este teatro por mí, olvídenlo-les advirtió la hermana menor de Andreas a los cinco hombres que tenía frente a sí-No me pienso quedar aquí como idiota esperando noticias: voy a subir-

-Phoebs, no creo que sea muy buena idea...-replicó Tom, rascándose la nuca-No te ofendas, es sólo que... bueno, si encontramos...-

-¿Y crees que tú vas a poder resistirlo, Kaulitz? Recuerda que es tu hermano menor-se interpuso Fabiho, quien hasta el momento había permanecido callado-Yo opino que deberíamos subir Hagen y yo. Klaus, quédate con Phoebe y los demás-

-¡Para nada!-gritó la novia de Gustav-¡O subimos todos o no sube nadie!-

Conformes con aquél veredicto, los seis amigos se miraron los unos a los otros, armándose de valor antes de avanzar al mismo paso hacia la puerta de cristal del magno complejo en el que habitaban los Kaulitz. Una  vez ahí dentro, se metieron juntos en el ascensor, siendo muy cuidadosos de no llamar la atención pues, si encontraban lo que pensaban, se iba a armar todo un escándalo ya sin necesidad de alertar a los demás residentes del edificio.

Piso por piso, su ansiedad iba creciendo, desarrollándose a pasos agigantados, hasta que, finalmente, el timbre del ascensor indicó la llegada al nivel de pent-house. Nervioso, Tom presionó su pulgar contra la pantalla táctil de reconocimiento que le permitía la entrada a su hogar. Inmediatamente, las pesadas puertas metálicas chasquearon, abriéndose poco a poco. Presas del miedo, los amigos se tomaron de las manos en silencio, avanzando cuidadosamente, un paso a la vez, temerosos ante lo que habrían de encontrar. Apenas llegar a la sala lo hallaron, tendido en el sofá con los ojos cerrados. Alarmado, su hermano mayor se echó a correr hacia él, viendo si aún lo encontraba con vida. Detrás de ambos, su grupo de amigos los observaba en silencio, sabiendo que habían llegado muy tarde y nada se podía ya hacer.

-¡Bill! ¡Bill!-gritaba el hijo primogénito de Simone Kaulitz-¡Carajo, viejo! ¡Despierta! ¡No me hagas esto!-

-¿Despertar de dónde?-enunció dulcemente el interpelado, de lo más tranquilo.

-¿Estás...? ¿Estás...?-

-Recostado-contestó éste, sin abrir en absoluto los ojos.

-Yo... ¡sentí algo! ¡Pensé que te había pasado algo! ¡Me llegó un pensamiento, de una mujer y luego una sensación muy rara! ¡Pensé que algo te había sucedido!-le gritaba Thomas a su hermano menor, sacudiéndolo por la playera.

-Claro que me sucedió algo-respondió Bill con completa calma.

-¿Qué?-le exigió saber su gemelo, el cual aún no comprendía el estado letárgico de su hermano menor.

-Conocí a alguien-expresó Bill tiernamente, suspirando de último.

-¿Alguien?-se interpuso Phoebe, sumándose a la conversación-¿A quién?-

-A una mujer-sonrió el hombre que se encontraba aún tendido en el sofá-Y es... divina-

-Espera un momento-replicó Fabiho, aproximándose al sofá-¿Tú estás...?-

-Enamorado-suspiró Bill, sus mejillas suavemente coloreadas cuando lo dijo-Así es-

-No, no puede ser...-exclamó Tom, soltando a su hermano, mientras retrocedía como asqueado. Mientras, Fabiho ocupaba su lugar al lado del lánguido Bill, quien parecía indispuesto a moverse.

Cuidadosamente, el mejor amigo de Georg tomó entre sus manos los hombros de Bill, los cuales sujetó hasta que logró sentarlo a medias. Después, lo soltó de improviso, dejándolo caer de vuelta al asiento del sillón con un golpe seco.

-Sí, definitivamente-concluyó Fabiho-Está enamorado-

Apenas había dicho la palabra, Bill soltó un profundo suspiro, que dejó entre helados y entretenidos a todos los presentes.


23 de septiembre de 2011

Angustia colectiva



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Nervioso, no dejaba de mirar el indicador del elevador, el cual parecía jamás terminar de llegar a su piso. Por un momento, la alocada idea de bajarse por las escaleras de emergencia lo asaltó; sin embargo, al darse cuenta de que se encontraba en el nivel de pent.house, el más alto de todos, admitió que le sería imposible llegar tan rápido como él tenía pensado. Para cuando lo notó, un sonido musical emanó de entre las dos puertas de metal corredizas, las cuales se iban abriendo poco a poco, hasta que dejaron entre sí una abertura suficientemente grande como para que él se colara dentro de ella. En el cubículo, presionó el botón enmarcado con el grabado que se leía "Estacionamiento". 

-¡Thomas!-le gritó la voz una vez más, esta vez verdaderamente fúrica. Internamente, se sentía mal por tener que abandonarla, sabía lo que iba a costarle, aún así no se sentía arrepentido ya que, a pesar de que no siempre lo hiciese ver de ese modo, su hermano menor era su más grande prioridad en el mundo entero, inclusive por encima de sí mismo.

Descendiendo a través de las decenas de pisos llenas de apartamentos, el hombre comenzó a enviar un mensaje por medio del holocomunicador que cargaba dentro de su cerebro desde hacía unos cuantos meses. Rápidamente, por medio de comandos intercerebrales, comenzó a escribir con una caligrafía prediseñada el texto que envió al grupo de amigos, cuyos rostros fueron apareciendo en la mente de él conforme buscaba las claves de sus respectivos holocomunicadores.

-¿Te gusta, amor?-inquirió una voz femenina en otra parte muy distinta de la ciudad.

-Mi vida, es sólo una lámpara; escoge cualquiera-rió él con deleite, sentado en uno de los sofás de exhibición a pesar de la mirada asesina que le lanzaba uno de los encargados de la tienda, no muy contento con que el hombre estuviese acomodado encima de un sillón que tenía una claro letrero marcado a su lado: "No sentarse".

-¿Cualquiera?-escupió ella entre risas-Ahora entiendo por qué tuviste que pagarle a una decoradora...-

-¿Disculpa?-replicó el sujeto de cabello rubio, poniéndose de pié para acercarse a la delgada mujer de hermosos ojos que se encontraba cercana a él-¿Estás insinuando que no tengo gusto?-

-Si el saco te queda...-bromeó la chica, sin moverse un ápice del lugar en el que se encontraba de pié, fingiendo ver el precio de la lámpara de base blanca y pantalla verde que tenía frente a sí, mientras su novio se iba acercando cada vez más a su posición, hasta que estuvieron tan cerca que él pudo rodearla con sus brazos y estrecharla contra su cuerpo.

-Mira, niña...-

Pero, súbitamente, el habla del pequeño baterista se vio interrumpida por el mensaje que se desplegó de manera automática en su cerebro, así como en el de ella, parpadeando intermitentemente, con una estela roja detrás de sí, lo que indicaba que era de suma importancia. Al leerlo, ambos se quedaron estupefactos y, en cuanto sus cerebros lo asimilaron, ambos se echaron a andar a paso rápido hacia el ascensor de la tienda, el cual llevaba al nivel del estacionamiento, donde habían dejado el aerodeslizador convertible de él.

-Entonces, ¿En qué estábamos?-preguntó otra voz, esta vez una masculina, hallándose a pocos metros. En las manos llevaba un platón con cerezas en almíbar y una botella de vino sujeta entre los dedos, mientras se aproximaba a la escultural mujer pelirroja que tenía sentada en uno de los sillones de su apartamento.

-No lo sé-sonrió una mujer con picardía, acomodada en el sofá de gusto minimalista-¿Por qué no me lo recuerdas tú?-

-Todo un placer para mí-alcanzó a responder él con voz seductora, acercándose a la fémina que lo esperaba impaciente; sin embargo, algo distrajo su atención de las esculturales piernas bien torneadas que no podía dejar de mirar desde hacía largo rato. Rápidamente, leyó el mensaje y, a pesar de que no se encontró a sí mismo muy feliz al leer quién lo había enviado, supo que tendría que posponer sus planes: esto le ganaba a cualquier otra cosa que él tuviese que hacer.

-Nena...-expuso él, dirigiéndose con pesar a la dama que lo aguardaba expectante-Creo que vamos a tener que posponer esto... tengo una emergencia-

-¡Uno más, uno más...!-

-¡No, no puede ser! ¡Agh! ¡Maldito Hagen!-exclamó otra voz, en otra parte de la ciudad-¡No! ¡No, no, no...!-

-¡Sí! ¡Jódete cabrón, jódete!-gritaba jubiloso el propietario de una voz diferente, más grave-¿Qué creíste, que te iba a dejar ganar?-

-¡No seas hijo de pu...!-

Repentinamente, ambos hombres, los cuales se encontraban en un sitio infinitamente diferente al de la voz anterior, detuvieron sus juegos para prestarle atención al mensaje que, sin pedirles permiso, se había desplegado dentro de sus mentes, acaparando todos sus sentidos conforme lo leían. Preocupados, ambos se alejaron de la consola de inmediato, dejándola con el juego a medias, mientras se dirigían a la puerta del departamento que llevaban ya largo tiempo compartiendo. En sus mentes, sólo una cosa resonaba: el mensaje, el cual se leía muy claramente. 

"A Bill le sucedió algo."

21 de septiembre de 2011

Canto bajo la lluvia


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Maravillado por todo lo que acababa de ocurrirle, el hombre apenas y podía caminar a causa de la emoción. 

Había aguardado hasta que ella desapareció de su vista, perdiéndose por los corredores entre la gente hasta que finalmente se desvaneció como una mancha borrosa, confundiéndose entre las demás personas que deambulaban por el centro comercial. Atónito ante su suerte, Bill Kaulitz no podía ni moverse en un principio, hasta que finalmente recuperó de manera parcial la razón y se hizo a la idea de que el tiempo no iba a pasar más rápido porque él estuviese allí. 

De hecho, y pensándolo bien, resultaba francamente peligrosa su estadía en aquél lugar, cosa de la que él mismo se dio cuenta y, una vez que hubo soltado un enorme suspiro que asustó a uno o dos individuos que pasaban cerca de él, se echó a andar, dificultosamente por supuesto, en dirección a una de las puertas del local, de las que llevaban al pasillo exterior para, ahí dirigirse completamente dispuesto a regresar a casa y echarse en la cama a suspirar, contemplando mentalmente la imagen fascinante de Alice Project, esperando a que los días pasaran y, cuando él se diera cuenta, el día de la esperada cita hubiese llegado.

Tal era la ensoñación en la que se encontraba sumido, que apenas y se fijó en que había comenzado a llover. Por primera vez en largos años, esto no lo fastidió: por el contrario, lo hizo soltar una carcajada gorjeante de alegría, la cual le salió de entre los labios sin que él pudiese hacer mucho al respecto. Encantado ante la sensación que la risa sincera producía dentro de su organismo, se dedicó a disfrutarla al máximo, mientras gotas de lluvia le escurrían por el rostro, llenando de rocío cada una de sus estéticas y delicadas facciones.

-I'm singing in the rain...! Just singing in the rain!-exclamó Bill Kaulitz, rebosante de felicidad; sin importarle que los demás transeúntes se le quedaran viendo con extrañeza. Acostumbrado, se sintió como la primera vez que se atrevió a ser diferente, hacía ya muchos años atrás. Ahora, mucho más grande y en una situación diferente, se sentía como un niño de nuevo, incrédulo ante su buena fortuna y expectante ante lo que le prometía el futuro. 

-I'm singing in the rain...-repitió él en voz más baja, mientras caminaba hacia el estacionamiento del lugar con ambas manos en los bolsillos del pantalón, la cabeza gacha y el corazón lleno de esperanzas.